González #607

Carta de amor y despedida a Casa TIA

Nemo

La carrera de artes fue decepcionante de muchas formas y por muchas razones. Se fue degradando mi experiencia, no sabría a quien culpar exactamente, hay muchos responsables (suelen ser las personas en las posiciones de poder, sorprendiendo a nadie). Sé que muchos comparten mi misma decepción. Pero de las pocas cosas a las que le aplaudo y que significaron demasiado para mi, fue Casa TIA (y su nuevo acompañante al que estrené junto con otrxs compañerxs: la Prima). Pienso que es de lo mejor que le ha pasado a este departamento. Escuché que van a cerrar el tia pronto, porque no hay plata o algo así. Que la gente no lo usa supuestamente. Espero que sean sólo rumores.

Casa TIA es un espacio sin el cual no hubiera logrado mi proyecto de grado. Para algunos, incluso, fue una especie de hogar en momentos en que no tenían un hogar estable y/o seguro. Prima aportó también a que lograra terminar la carrera, pero a menor escala.

Me hacían falta espacios seguros hace un año, mi tesis casi termina tratando de eso. Pero gracias a estos dos espacios, pude permitirme estar un poco más tranquile y hacer un proyecto que realmente me hiciera feliz.

Tia tiene la mala fama de oler feo por la humedad y de no tener luz natural. Ambas cosas son ciertas. Pero para mi esos son sus únicos verdaderos defectos. Eso, y las goteras, pero esas justo están principalmente en un taller (el que era mío). Es un lugar seguro, que al estar técnicamente fuera de la universidad se convierte además en un espacio privado, tranquilo, reservado. Pero no te aísla; allí compartí cosas muy lindas con otras personas en la misma situación que yo, varios de ellos amigues que adoro. Me hace mucha falta ese espacio y esa gente, y siento a veces que quizás no lo aproveché lo suficiente, a pesar pasar todos los días allí.
Habité Casa Tia como si fuera mi hogar, porque un poco lo fue, de cierta forma.


dump

Acif

“Holi, González. Escribí este texto hace un par de semestres cuando en Taller Avanzado de Plásticas (tqm Juan Mejía) me puse a cuestionarme por qué insisto en pintar. En cualquier caso, acompañó mi entrega final de esa clase, y nunca más vio la luz del día, pensé que sería bueno publicarlo.”

¿Por qué pintar? ¿Qué parte de esta cosa tan tonta —este poner y mover pigmentos sobre un sustrato— es la que me interesa y la que no me deja soltarla, por más que me muestren otras formas nuevas y más interesantes de hacer y de hablar? Esta pregunta me persigue, y aunque encuentro respuestas en la historia del arte sobre el lugar de la pintura ahora que la representación le pertenece a la fotografía, no logro convencerme de que esta cosa que me mueve tanto el piso sea un callejón sin salida. Por razones que yo mismo no me explico, la pintura figurativa en mi cabeza está muy pero muy lejos de muerta. Y aunque hoy me desinteresan la pintura hiperrealista y los resultados pictóricos más pulcros que me gustaban cuando era preadolescente, no logro encontrar mi salida en el distanciamiento de la figuración en el que han acabado muchos pintores.

Veo las últimas obras de Jenny Saville y añoro los cuerpos humanos explotados de sus imágenes más tempranas, la carne, la piel y las facciones que hoy se pierden bajo capas y más capas pastosas de abstracción y cursilería que parece haber sacado de los cuadros que se cuelgan en la recepción de algún hotel cartagenero. Saville es brillante, un fenómeno inigualable de la pintura, no pretendo lo contrario, pero su respuesta al hastío de la figuración ha sido una apuesta por la abstracción muy a lo De Kooning y esa es una ruta que no apela a mis sentidos. Veo a Luis Caballero, que en cierta manera hizo un proceso contrario, pasando de sus abstracciones juveniles a los cuerpos eróticos y torturados de su obra tardía, y me reconozco muchísimo más como pintor. Lanzo la mirada hacia otra parte y veo a los ilustradores estadounidenses, fieles siempre a sus modelos, como lo fueron Leyendecker y Rockwell, y entiendo que quizás mi camino va por ahí. Pero hay un gesto comercial que me molesta, casi como si la utilidad de sus imágenes fuese en contra de lo que para mí es la pintura. No es que crea que la pintura deba ser inútil, pues nunca lo es, pero me falta un algo difuso que ellos no demuestran. Ni hablar de la pintura pop, de Beatriz González o Warhol o Katz. Entiendo sus gestos pero carecen de alma, o quizás poseen un alma disímil a la mía.

Volteo entonces hacia pintores mucho más actuales, algunos que me acompañan en esta era digital, y de repente algo hace click. Sospecho que pasaré el resto de mi vida intentando entender esta afinidad que tengo, porque no es hacia un estilo, ni hacia un modo de pintar, ni hacia la ilustración o la fidelidad representacional, ni es un tema generacional, ni nada sobre lo que pueda poner el dedo. Es algo que me resulta infinitamente difícil de verbalizar, pero son artistas como Nicolás Uribe, Otero Carbonell, Ruprecht von Kauffman, Sebastian Bishop, Natalia Segovia, Angela Sung, Jeremy Miranda, Benjamin Björklund, Alexis Guenier, entre muchísimos otros —(de hecho creo que la lista tiende al infinito)—, los que me convencen de que hay todavía un largo camino por recorrer en la pintura figurativa. Son artistas que retan la separación entre el dibujo y la pintura, que se atreven a tomar riesgos con el color sin perder de vista al sujeto, que se proponen trabajar con materiales diferentes e “impropios” para bajar la pintura de la pared del museo a la mesa de trabajo, que se permiten jugar con la figura desde la estilización, con la influencia del cómic y la caricatura, que empujan y jalan desde todas las direcciones para encontrar puntos de quiebre y luego detenerse justo antes de cruzarlos— o cruzarlos de largo. Sobre todo, artistas para quienes el “qué pintar” es secundario y en cuya obra sale a relucir la intimidad latente que persigo en mi propio trabajo, que hacen pinturas que se entienden a sí mismas como el resultado de ejercicios autofágicos, como pintura redundante, pintura para responder pequeñas preguntas, para desenterrar su mundo interior de sus entrañas mediante imágenes discretas, íntimas, cotidianas y algo chistosas.

Cada pintura responde a una pregunta sobre este ejercicio tonto que supone pintar, sobre la desilución de intentar arremedar la realidad con bruscos pinceles y manchas irresueltas, sobre qué pasa si cojo lo que sabía (o pensé que sabía) sobre pintar y lo arrojo por la ventana para ver qué sale de ello, qué pasa si, como los del Oulipo, me quito letras del abecedario y me propongo hacer una pintura con eso, como un pintor manco o pobre o daltónico. ¿Y si la pintura no ocurre sobre tela preparada sino sobre el papel más grueso que vendían en la papelería de la esquina, aquel cartón de arquitecto que se tira a la basura a final del semestre cuando las maquetas ya no sirven para nada? ¿Y si el referente fotográfico del ilustrador ya no proviene de estudios con cámara profesional, sino del dump de la galería de un iPhone de un pintor inmaduro cuyo único referente inagotable son su vida y sí mismo? ¿Y si las pinturas se tratan de un momento tan puntual en el espaciotiempo —tan puntual que debe ser un estúpido accidente que se hiciera una pintura sobre ello— como el ojo entreabierto de una artista con capota verde o el crespo geométrico de un chico con la cara chueca o la sombra color amatista que biseca el rostro de una pintora de cabello violeta o el cuerpo rosáceo de un cowboy en pleno performance o un gorrito de cumpleaños azul sobre la cabeza de una artista también llamada azul pero con doble u?

¿Y si las pinturas fuesen nomás una excusa para poder pintar? Sin acabar, sin razonar, sin montar y mostrar, sólo preguntas y respuestas, por hacer pinturas y pintar.

ANEXO A: LAS CINCO DE LA SERIE