González #608

Quiero criticar las tesis

(Re-redactado por ChatGPT)

Marta Traba

Esta semana se mostraron varias tesis —o “proyectos de grado”, como ahora se les dice con ese pudor administrativo que tienen las artes— en la universidad. Tal vez nadie se dio cuenta. ¿Quién se va a dar cuenta? Las exposiciones pasan ahí, en ese pliegue raro del campus, un territorio intermedio entre el claustro y las viejas bodegas cerveceras recicladas en edificios con nombres crípticos —S1, R, Tx—, como si fueran estaciones de un metro que nunca se terminó de construir. El Tx, en particular, siempre me pareció una anomalía: una cosa futurista plantada sobre lo que fue una casita campestre. Un gesto casi tierno, casi violento.

Yo me metí en tres.
La de Isa, escondida en la sala sinfín del Tx.
La de Yusef, en el S1.
La de Sandra, en la Luis Caballero, allá arriba, en el ático del K, donde uno siempre siente que va a encontrar polvo, archivos olvidados o fantasmas administrativos.

Verlas me dejó pensando. No solo en las tesis, sino en la carrera, en la idea misma de “muestra de grado”, en ese pacto tácito según el cual a estas exposiciones solo vamos los que estudiamos arte, como si fueran rituales internos, casi secretos. ¿Tan difícil sería que un ingeniero, una administradora, un estudiante de derecho caminara trescientos metros para ver una exposición? Trescientos metros: lo que dura un café mal hecho.

Pensé en los proyectos buenos —algunos muy buenos— que he visto en estos años. Y en los malos —algunos directamente incomprensibles, como ejercicios de fe sin religión. Y pensé, sobre todo, en lo del semestre pasado: ese momento incómodo, medio torpe, medio honesto, cuando alguien se atrevió a decir en voz alta que tenía dudas con Artecámara. El silencio posterior fue casi más elocuente que la crítica. Ahí entendí que lo que falta no es talento: es crítica. Mirada. Lenguaje para decir lo que funciona y lo que no sin que eso se vuelva una guerra civil.

Lo hablé con amigos. Decidimos turnarnos la tarea: escribir, mirar, disentir. Tener varias voces. Varios ojos. No convertir esto en un tribunal, pero tampoco en un aplauso automático.

De ahí salió esto: una propuesta medio promesa para el González. Para que las tesis no existan solo durante los tres días en que se exponen. Para que vuelva a haber crítica en el Departamento.

Publicamos bajo el nombre prestado de una crítica famosa y muerta —una especie de máscara literaria— inspirados por una foto pegada con cinta en una de las exposiciones. También, siendo honestos, para evitar disgustos, malentendidos y acusaciones de favoritismo. La cobardía también es una estrategia estética.

Por ahora: tres.

Isa Viveros armó en el sinfín un paisaje de cubos iluminados. Cubos como pequeñas arquitecturas mínimas, cuyas caras cargaban retratos: propios, ajenos, de archivo, encontrados, heredados. Un sistema eléctrico —una maraña de cables que parecía más una escultura que una instalación técnica— encendía unos, apagaba otros, produciendo una especie de respiración luminosa. Entre los cubos se abría un espacio transitable, una suerte de arboleda artificial hecha de imágenes.

El proyecto dialoga con la memoria: la de las personas mayores, la de los recuerdos que se erosionan, se deforman, se superponen. Tiempo plegado sobre sí mismo. Fotografías como fósiles activos. El gesto es claro y, sobre todo, contenido: no hay exceso de discurso, no hay ruido innecesario. Lumbre funciona como una experiencia lenta, casi contemplativa. Es un buen ejercicio de activación entre espacio, fotografía y archivo, pero podría pasar por proyecto de interáreas. (7/10)

Yusef Aboujokh, que ni siquiera es estudiante de arte, volvió a mostrar algo que no se enseña en ningún programa: sensibilidad. Balnoss (de “en la mitad”) es un performance/instalación que explora cuerpo, lenguaje y pertenencia, cuestionando esa noción absurda del “medio” oriente. Medio, ¿según quién? ¿Medio de qué? ¿El cuerpo es el medio? ¿El lenguaje?

El performance se apropia del espacio con una naturalidad poco común. Hay una inteligencia intermedial muy fina en cómo se negocian las relaciones entre cuerpos, objetos y arquitectura. El montaje tiene problemas —el público amontonado en la entrada es más un accidente logístico que una decisión conceptual—, pero el gesto es potente, claro, contemporáneo sin ser impostado. Innovador. (9/10, con aura de obra que va a crecer bien con el tiempo).

Sandra Lesmes hace algo que el Departamento suele mirar con sospecha: hablar desde el yo. Un montón de cosas parte de su propio apartamento: objetos cotidianos, clasificados por espacio, dibujados en esfero rojo sobre papel traslúcido. En diálogo con los cuadros de su abuela, les inscribe su historia por el reverso.

Lo interesante es que la acumulación desborda lo autobiográfico: ya no es “mi casa”, es nuestra relación con los objetos, con la memoria, con el archivo íntimo. Lo doméstico como sistema. El montaje es visualmente fuerte, pero hay decisiones débiles —la cinta adhesiva, la ilegibilidad de algunos textos— que restan precisión al conjunto. Aun así, el nivel estético es alto. La tesis, que se anunciaba como “a nadie le va a importar”, termina produciendo una forma clara, sensible, pensada.

(9.9/10, lástima el montaje con cinta de primer semestre).

Y eso es todo, por ahora.
Tres miradas. Tres gestos. Tres tesis.

La idea no es canonizar ni destruir a nadie, sino empezar a mirar en serio.

Porque el arte, sin crítica, es decoración académica.
Y la universidad, sin mirada, es puro trámite.
Y es un trámite muy caro.


Nota Editorial

Álvaro Cifuentes

¡Habemus papam!

¿Sorprenderá hablar de una reunión secreta, casi cultista, que ocurrió en esta universidad en 1962?

Precisamente de esa curiosa anécdota es que habla Historia de la Universidad de los Andes (2008) cuando narra:

«Un día, por una de las habituales polémicas que se había desatado en un periódico nacional a raíz de un cáustico comentario de Marta Traba, espontáneamente Luciano Jaramillo armó “un cónclave” con los presentes —Ricardo Camacho, Gloria Martínez, María Teresa Guerrero, Luis Caballero, Beatriz González, Camila Loboguerrero, Marta Plazas y [Juan Antonio] Roda—. Ahí se decidió de manera unánime coronar con un gorrito de papel que alguien cortó en el acto, a Marta como “la papisa del arte” […], la última palabra del arte en Colombia. De “papisa” lo tuvo todo, excepto sucesión.»

Me interesa resto ese último pedazo.
“De ‘papisa’ lo tuvo todo, excepto sucesión.”

Excepto sucesión.

Marta Traba —según entiendo, no estaba ahí para presenciarlo— era un organismo esencial para el ecosistema de las artes en Colombia, pero lo fue, ante todo, en esta universidad. En este departamento. Estos pasillos por donde usted hoy camina un día sintieron los tacones y la brisa del capul ondeante de la más temible y respetada depredadora del bioma cultural colombiano. Pero, como los dinosaurios, se extinguió. Y no hubo nadie que la reemplazara.

Mi teoría es que las Marta Trabas son como los T-Rex y como el González: tras un evento de extinción se toman su buen rato en resurgir. Y no hay mejor momento que este despertar de González para que aparezca.

Es un sumo honor (¿podría decirse pontificio?) para mí inaugurar en esta edición una nueva columna de opinión, a cargo de nuestra propia papisa.

Recordamos que el González publica textos enviados por estudiantes, facultad y asociados, bajo anonimato sólo cuando lo considera prudente. La anterior columna no representa la opinión de la publicación, sus editores o demás colaboradores. El anonimato plantea un juego curioso, y queremos ser buenos mediadores entre autor y audiencia. Si desean hablar con Marta, dígannos y los pondremos en contacto.