González #605

Invitación a Un montón de cosas

Acif

Están invitadxs a ver Un montón de cosas, el proyecto de grado de Sandra Lesmes Cárdenas: una exposición sobre objetos, memoria y el miedo a olvidar. A través de dibujos, textos y una curaduría genial, surge un archivo personal en el que lo banal, el duelo y el registro se cruzan.Quiero invitarlos personalmente a ver la tesis de quien es, en mi humilde opinión, una de las artistas más geniales de nuestra generación y con quien me he cruzado en la carrera.
La exposición inaugura el miércoles 28 de enero 5p.m en la Sala Luis Caballero (K 208)


(Parte 2*) ST5: Byler, Mileven, DivorceGate, y el miedo a ser ‘woke’.

Olivia Allende**

* Para consultar la primera parte de este ensayo, lea la edición anterior.
** Estudiante de literatura. La autora de este texto publica bajo pseudónimo; si desea ponerse en contacto con ella, escriba al correo.

Byler está codificado irremediablemente en la genética de la serie. De la misma manera en que apelar a tropos del cine de horror y de misterio la vuelven una historia que opera en esos planos, apelar a estrategias narrativas de lo queer, la llevan a esa esfera — por más que el equipo de producción no la nombre como tal.

Algunos —o la mayoría de— argumentos que he leído en contra de Byler tienen que ver con la relación de Mike con Eleven. Su relación es instrumental para los comienzos de la serie, claro: es el puente emocional de El con el resto del mundo.

Yo opino que una cosa no quita la otra. Es decir, el que Mike haya estado románticamente involucrado con Eleven no elimina la posibilidad de Byler, ni Byler la existencia de Mileven — es más, vuelven la historia aún más rica y compleja.

Mike nunca es narrado como “el chico heterosexual estándar”. Su incomodidad constante con los rituales de la masculinidad adolescente es evidente: no entiende la competencia, no entiende el deseo performativo por las chicas, no entiende por qué “debería” querer lo que los demás quieren.

Mike refleja la presión de encajar más que el deseo genuino de hacerlo. Su afecto siempre es íntimo, cuidadoso, protector, y está dirigido de forma consistente hacia Will. Incluso cuando no puede nombrarlo. Especialmente cuando no puede nombrarlo.

Empieza como un niño que ve las consecuencias de ser queer en el acoso que sufre su mejor amigo, aprende muy pronto que amar a Will —o siquiera ser asociado con él— tiene un costo social. Luego crece intentando encajar en un molde que no termina de quedarle: el del novio protector, el del chico “normal”, el del héroe romántico.

Pero Stranger Things insiste, una y otra vez, en mostrar que ese molde lo asfixia. Que Mike se pierde a sí mismo cada vez que intenta habitarlo. Y que solo vuelve a ser plenamente él cuando está con Will, cuando baja la guardia, cuando no tiene que performar nada.

El problema de la temporada 5 —y de la negación explícita de Byler— no es solo que “no sea canon”. Es que traiciona la lógica emocional de su propia historia. Es una renuncia cobarde a las implicaciones de lo que escribieron.

Es mirar a un monstruo bellísimo que ellos mismos cosieron, verlo respirar, pensar, sentir… y decidir pegarle un tiro para que no incomode a nadie.

Y hay algo más: la realización de Byler no solo haría justicia a Mike y a Will. Haría muchísima más justicia al arco de Eleven.

Tal como quedaron las cosas, Eleven fue reducida —una vez más— al interés romántico de Mike. A una etapa. A un stepping stone de su juventud. A la chica que existe narrativamente para que el protagonista masculino “aprenda a amar”.

Y eso es devastador, porque Eleven siempre fue mucho más que eso. Su historia nunca trató, en el fondo, de romance. Trató de humanidad.

Si Byler fuese realizado, el arco de Eleven llegaría exactamente a donde siempre estuvo conduciendo: a una historia de found family. A la recuperación de una infancia que le fue robada. A las amistades que la sacaron de la otredad, del encierro, de la deshumanización científica y emocional.

Eleven no necesitaba ser “elegida” románticamente para ser válida; necesitaba ser vista. Necesitaba pertenecer.

Separar a Mike de Eleven románticamente no le quita peso a su vínculo: lo purifica. Lo devuelve a su forma más honesta. Mike fue su puente al mundo, sí, pero no tenía por qué ser su destino final.

Eleven merece una historia donde el amor no sea posesión, ni salvación romántica, ni sacrificio identitario, sino comunidad. Familia elegida. Amistad como rescate.

Negar Byler no solo empobrece una lectura queer evidente: aplana a Eleven. La convierte en un accesorio emocional cuando toda la serie gritaba que era una sobreviviente, una niña robada, una persona aprendiendo a ser persona.

Y al final, lo que queda no es una discusión de ships, ni de fandom, ni siquiera de representación: queda el miedo. La fobia de los Duffer a ser leídos como “woke”. El miedo a perder legitimidad frente a una audiencia conservadora. El miedo a que su monstruo se les haya ido de las manos. No destruyen la historia porque esté mal escrita, sino porque la leen como una amenaza. Porque una narrativa queer explícita ya no es solo una decisión estética: es una posición política. Y ellos eligieron no tenerla.

No, no estoy loca. No estoy forzando nada. Estoy leyendo el texto que me dieron. Y el texto, por más que intenten gaslightearme, llevaba hacia Byler.

Y ya. Hasta ahí el rant.


[Se supone que aquí debe ir un título]

J. Samsa

Señora, ¿puedo sentarme en alguna de estas sillas sin que por eso considere que la estoy incomodando? No se preocupe. Es que nunca antes la había visto y me ganó cierta curiosidad. ¿Desea que compartamos un par de cervezas? Dicen los turistas que tenemos la mejor cerveza artesanal. Algunas veces se tardan en traerla, pero tarde o temprano terminan llegando a nuestra mesa. Discúlpeme, todavía no me he presentado. Me puede decir Mila Guzmán. ¿Y usted cómo se llama? Nunca había escuchado ese nombre. ¿Lo pronuncié bien? Con el paso de los años se me han caído algunos dientes y se me dificulta las letras z, h y w. ¡Espere, no se vaya! Mire, ahí van a traer las cervezas.

Por acá en la región hay ciertas formas de rebuscarse el dinero. A unos les pagan por enterrar vivos, por no hablar, por hacerse el de las gafas. ¿Qué significa eso? Es como hacer que nada pasó y te dan dinero. Sí, eso que usted dice es cierto. Hay gente que le pagan por contar muertos, lo que no saben es que cuando no hay uno se los inventa. ¿Usted qué hace de la vida? Vea pues… aquí hay lugares muy buenos para fotografiar. Eso sí, toca tener cuidado porque a veces uno solo ve humo de ahí para allá y nada más. ¿Qué hago de mi vida? Me pagan por buscar.

Hace tanto tiempo no sentía este bochorno de noviembre. ¿Le gustaría tomar otras cervezas? Yo sabía que le iban a gustar. Dicen que tenemos la mejor cerveza artesanal. Cuando la vi sentada junto a la rocola sentí una sensación rara en el cuerpo. ¿Nunca le ha pasado? Es como si usted necesitara ruido para enajenarse de los demás, hasta de usted mismo. No me malentienda, a mí también me gusta estar sola. ¿Que qué es lo que busco? Es una larga historia… y me puede decir Mila, con el nombre completo sueno más vieja. Como decía mi abuela que en paz descanse, quien sabe dónde, comencemos por el principio. Aquí en la región solo trabajamos para vivir o vivimos para trabajar, ya se me olvidó cómo era. Somos muy madrugadores y siempre hay un vecino para saludar a cualquier hora. Uno que otro tiene esa… cómo es que le dicen… ¡Exacto! Esa apatía de estos tiempos. Pero esos son los primeros en morir. Hace 40 años estoy casada con mi marido Tulio. ¿Qué en dónde está él? Lo mismo me pregunto yo desde hace 20 años.

Ahora que lo pienso, usted conseguiría trabajo muy fácil aquí en la región. Acá entre nos, a mi vecino le pagan por fotografiar muertos. ¡Imagínese lo fácil que es eso! No toca ni dar instrucciones. Es disparar o hacer “shoot”, como le digan, y ya tienes la prueba. ¿La prueba de qué? No sé… usted sabrá más de eso que yo. En su labor están acostumbrados a trabajar con el sufrimiento ajeno. No me malentienda, pero hubo muchos con cámara en mano que vinieron a disparar y a nada más. Peor son los de sin cámara: venden el alma por un poco de tinta. Hasta compiten por negociar la foto más trágica del año. ¿Si sabe que hay premios de eso? Pero bueno, como le decía, hay tiempos de apatía y también de unión. El tiempo en la región transcurre de manera inusual. Es como ese libro de este escritor famoso, el que se ganó un Nobel. Sí, ese que tenía bigote y era chaparrito. ¡Ese mismo! ¿Se acuerda el nombre del libro? Era algo con hojas… y yo no sé qué más. El caso es que en la región el tiempo es mañoso. Desde muy joven me ha gustado encontrar insectos, de esos que se esconden muy bien de los humanos. De ellos aprendí a esconderme durante varios años. Eso no se pregunta… cada uno tiene sus motivos para esconderse, usted también los debe tener. El estado te obliga a estar moviéndote.

La última vez que vi a mi marido fue hace 10 años cuando lo enterramos. No, él no murió… o eso creo. Enterramos fue un ataúd con su nombre y con algunas de sus pertenencias. Me preguntaron que si quería enterrar algo más o ya podían cerrarlo, y por un momento pensé en enterrarme a mí. Sentía que mi vida debía tomar una pausa. Pero esa quietud me asustó y pedí que lo cerraran. Mi marido…, qué digo, el ataúd está en el cementerio principal Sant Louist. Dicen que es malditamente sagrado porque primero enterraron a un extranjero por allá en los 1800 y de ahí para allá puro esclavo de la tierra. Debería algún día pasarse por allá. Hay muchas niñas sonrientes desconocidas que te preguntan por alguien… lo que no saben es que todos tenemos alguien que buscar. Discúlpeme que le diga, pero se manchó la camisa con cerveza. Déjeme ayudarle… parece ser que esta cerveza sí que es buena. No se preocupe, hay manchas que invaden tanto que deciden quedarse. ¿Qué si yo creo en Dios? Es muy raro que me pregunte eso, ¿señor…? Qué pena, se me olvidó su nombre. ¿Le puedo llamar Luis? Tiene cara de Luis. Para serle honesta, yo aborrezco a los dioses. ¡Nunca lo escuchan a uno! Una vecina dejó un día a su hijo solo mientras salía a hacerle ojitos al arriero y cuando volvió su hijo estaba en el fondo del lavadero. No, no murió ahogado…. estaba secó y la caída le rompió el cráneo.

¿En qué piensa usted cuando se queda así de callado mirando su cerveza? No es que me importe, pero solo quiero recomendarle que tenga cuidado con lo que piensa. Acá en la región imaginar cosas es un acto de traición. ¿Qué cómo lo saben? Eso se ve en los ojos… o también bajo tortura: cualquiera grita hasta lo que nunca pasó. ¡Es cierto! Aún no le he contado por qué soy buscadora. Mientras esperaba el regreso de mi marido, después de enterrar su ataúd, los recuerdos invasivos me impidieron desayunar en paz. ¿No cree que a veces estemos en una vida maquinal? Esa repetición del sufrimiento cansa. Me dan ganas de alejarme tanto del mundo que vivo para que nadie lo sepa. ¿Sí entiende lo que le quiero decir? Me quedé esperando mucho tiempo a que mi marido volviera que decidí buscarlo yo. Claro, lo primero que hice fue preguntarme por dónde empezaba. Fui al cementerio, a otras regiones, desenterré algunos muertos que no eran el mío… mi libertad era encontrarlo. Pero es una sensación rara… como una orgía de almas. Discúlpeme por esa palabra, sonó raro. A ver si me explico, era como buscar mi alma y, en el camino, otros me pidieron que buscara almas ajenas. Era como un montón de muertos que lo acosan a uno, pero pagan bien si encuentras algo. ¿Está usted bien? Perdón… no era mi intención que llorara. No es para tanto, es una historia ajena a la suya. A menos de que algún recuerdo lo haya puesto como presa de sus pecados.