González #612

[CUENTO SEpultado]

J. S.

Antes de echar la última palada de tierra de la noche, se le olvidó si el cuerpo recién enterrado era un hombre o una mujer. Nunca había tenido semejante pensamiento. Solo era un cuerpo más. Ansió soltar su pala y arrancar las raíces con las uñas para ver quién era el que yacía bajo un montón de tierra. La campana de la iglesia lo despertó de la enajenación. Faltaba una palada más para que el cuerpo recibiera cristiana sepultura. Soltó la pala y se tocó la marca de su cabeza con la yema de los dedos dando golpes suaves. Se fue cojeando hacia la casa de madera que quedaba a unos cuantos pasos del millar de sepultados.

Empujó la puerta entreabierta con la cabeza, se tumbó en un rincón de la casa y envolvió su cuerpo con trozos de periódicos húmedos. En medio de la oscuridad, giró su cuello hacia la derecha y vio su reflejo en una tabla de madera rayada con líneas negras. Pasó sus dedos sobre las líneas queriendo encontrar un camino que no existía. Soñó con el rostro del cuerpo, apenas una imagen vaga que se diluía con cada tenue respiración. Eran las doce de la media noche en el pueblo Woodrow.

En medio del delirio, las líneas negras formaron el rostro de un niño de ocho años que arrancaba la mota de algodón y la ponía en su saco de carga. El sepulturero se acercó al niño por la espalda y cuando puso la mano sobre su hombro un golpeteo en su cabeza lo despertó. Sus párpados estuvieron entreabiertos durante toda la noche. Aquellas pupilas diminutas estaban más enterradas en la tierra que los propios sepultados. Tomó su pierna derecha con sus manos y la sacudió como ordenándole despertarse. Se puso de pie y fue hacia la puerta arrastrándola como si fuera un bulto de papa.
Lo primero que vio el sepulturero al abrir la puerta fue el sombrero de paja del Sr. K. Esto le hizo recordar aquel día de agosto, cuando K. negoció con unos traficantes de esclavos en el puerto de Sant Laos. El sepulturero estaba encadenado a un barril de quinua y sobre la tapa de este había un sombrero de paja. K. señaló con el pie hacia el barril mientras contaba marcos de oro.
—10 con el sombrero —dijo el traficante.
—¿Y con el negro?
—10 marcos —dijo el traficante.
Desde ese día, el sepulturero es un amuleto de carne para el Sr. K. Un cuerpo inerte al que solo se le permite trabajar durante las noches. Ocho años después, ambos estaban mirándose como si uno le debiera la vida y el otro no debiera mirarlo. K. metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón azul vaquero y lanzó un pedazo de pan al aire. El sepulturero lo intentó agarrar, trastabilló y se cayó hacia atrás.
K. se quedó mirando el pan en el suelo*
¿Patea el pan, describo al pan, analogía con pan, si el pan está en el aire, dónde está el cuento…? Quizás empezar desde cero, dejarlo descansar o sepultar el texto, un descanso no le vendría mal.