Gonzalez #616

Alerta de empleo: Artista #OpenToWork

Si ha estado al pendiente de los últimos acontecimientos de nuestra facultad, se habrá dado cuenta que el pasado 14 de abril se celebró la ceremonia de grados para el periodo 2026-1. Ser profesional es el anhelo con el que se entra al pregrado y, para muchos estudiantes Facartes, el cartón es el único justificante de los haceres creativos ante una familia preocupada por el ingreso. Ahora una institución respalda sus inventos; quiéralo o no, su arte se considera de calibre profesional, independiente de su técnica o ejecución. Es arte por un profesional. Y Uninadinx, tras del hecho.
El peso de haber egresado de esta universidad como artista, al menos en territorio colombiano, es gigante. Se espera de todxs y cada unx grandeza como la de quiénes comparten nuestra alma mater. Los ojos del en exceso competitivo mercado laboral y de todo un gremio están puestos en los graduandos, a la expectativa por el próximo Luis Caballero, la siguiente Olga de Amaral, quien continúe la grandeza de Beatriz González. Mientras que el prodigio artístico de nuestra generación está mandando por quinta vez en la semana su portafolio de diseño gráfico a una empresa que no le dará respuesta. O puede estar, como yo, escribiendo una columna un lunes hábil a las tres de la tarde, aún sin bañar.
Mucho se habla de la ceremonia, del vestido, del Movistar, del peinado, de la cena, del mérito y el sacrificio detrás, pero poco se menciona el estado constante de desesperanza que se atraviesa entre el fin de clases y la firma de contrato del primer empleo.
Con esto no me refiero a desilusión ante la escasez de un mercado para el artista; al contrario, desde el ingreso al programa no existen expectativas de un futuro próspero. Las supuestas pocas salidas laborales son un sirilí que acompaña al creativo durante toda su trayectoria en voces de padres, amigos y colegas de otros saberes. Tanto así que se convierte en un chiste interno entre el alumnado: ¡Moriré de hambre, pero moriré feliz!
Sorpresa sentí cuando, tras cuatro años de asumir una falsa realidad, la carrera que pensé no tenía salidas laborales resultó tener muchas más que carreras tradicionales que llevan décadas dominando el mercado. La amplitud del título le permite desempeñarse en casi cualquier área creativa: asistente de marketing, editorx de video, coordinadorx de desarrollo, diseñadorx gráficx, videografx, ilustradorx, media buyer, visual designer, junior creative strategist, productorx de contenido, artista de finalización, artista del sándwich, maestro de Minecraft, alimentador perpetuo de IA’s, entre otras sugerencias de Computrabajo (según mi perfil).
El problema y la angustia surgen en los requisitos del cargo y en lo que se ofrece. Se busca un profesional transversal, recién graduadx, con tres años de experiencia o más, que quiera entrar a la megacorporación X bajo un contrato de aprendizaje, sin paga, con desayuno gratis los martes. Cuatro años —si no es que más — de esmero para que se le retribuya con una mandarina trasnochada si elige ser empleado.
O, de ser valiente y optar por la vía de la independencia, se enfrenta a doscientas convocatorias diarias con temáticas de extremo nicho. La obra debe ser inédita, no puede haber sido presentada en otra convocatoria; los premios son millonarios, pero buscan artistas ya situados que den nombre al concurso, en tanto sean jóvenes; el plazo de entrega es mañana y debe disponer de solvencia económica para costear el viaje a Estambul y realizar el montaje. Quien quiera hacer arte por su cuenta tendrá que emplearse en un trabajo cualquiera de 8 a 5 para poder ejercer de 6 a 3.
Con este panorama, la búsqueda de empleo se convierte en la rutina más desalentadora que existe: despierto, postulo, retorno a mis hobbies adolescentes, como, envío TikToks que hacen desempleados para otros desempleados, reviso LinkedIn y me vuelvo a dormir.
Diría que veo a mis amigos, pero no tengo plata ni excusa para hacerlo. En la universidad, al menos, justificaba mis parches con clases inexistentes o con reuniones grupales para entregas individuales; ahora, pensar en salir de la casa es un despilfarro de fondos y de tiempo que podría aprovechar para fortalecer mi hoja de vida: ¿quién necesita amigos, si puedo hacerme un curso de Power BI?
Al desempleado le puede la culpa de tener una vida. Es un bucle mental que se alimenta de la envidia y del encierro, que cuestiona todo lo que implicó culminar la carrera: ¿debí haber hecho prácticas en vez de proyecto de grado? ¿Y si busco una maestría en el exterior, aunque no sepa en qué desempeñarme? ¿Y si hubiera hecho más contactos? ¿Y si le hubiera hablado a la profesora Fulanita? ¿Y si hubiera estudiado otra cosa?
Y si, y si, y si, y sí.
Con la situación que planteé en los últimos párrafos es normal que se piense en una sola palabra: fracaso. Viene a la mente el arquetipo de “perdedor” que nos vendieron los años dos mil: aquel que vive en el sótano de sus papás y nada entre grasosas cajas de pizza —que, por cierto, está cara —, desangrando el bolsillo familiar. Culpo, ante todo, la manera en que el concepto tradicional de éxito se ha replicado en sistemas masivos de comunicación para la era digital: gente casada a los veintitantos, con casa propia, en trabajo remoto desde San Andrés, terminando sus segundas especializaciones, todo desde la supuesta verdad posteada en historias de Instagram. Desde un punto de vista comparativo, claro que puede ser desalentador: mientras actualizo mi hoja de seguimiento de solicitudes con otro rechazo, una influencer cinco años menor recibe una pauta para Coachella. Pensar en lo que no tengo, pero otro sí, es resentirse con una situación que de nadie depende. Se trata de una única realidad de entre cientos de miles de millones, no una absoluta.

Haga el ejercicio de preguntar a cualquier profesional con trayectoria cómo pasó su tiempo tras el grado y el consenso general es el mismo: en el desespero. Esto no lo digo para traumatizarle con la inminencia de una vida miserable, sino para que entienda que la gran mayoría de personas atraviesan un periodo así en sus vidas y no por eso fracasan. Es un estado temporal, como todo, que eventualmente pasa. No mida su éxito ni su felicidad por situaciones efímeras. ¡Usted tiene menos de 30 años, un título profesional y un techo, por Dios! No va ni por un cuarto de su vida; no enloquezca por un disgusto de meses frente a una vida de décadas.
Esta columna/queja/reflexión/consuelo la escribo para quienes están en mí misma situación: para mis colegas, lxs que están a portas de graduarse, lxs que están en primer semestre y para mí; no como estrategia para inspirar terror en quienes aún no rozan la etapa. Si algo ha de ilusionarle es llegar a autodenominarse egresado, culminar sus clases y alzar su diploma; piense en su grado como una victoria frente a un entorno que apuesta cada vez menos por el arte humano. De cada profesional depende, en parte, que un gremio entero prospere.
Tampoco quisiera que esta nota se transforme en la pataleta de una niña privilegiada a quien le acaba de explotar la burbuja de la meritocracia. Sonaré rencorosa, incluso cansona, pero escribo desde una experiencia que está lejos de ser individual.
Pretendo hablar de lo que solo entre desempleados hablamos, del miedo que entre cervezas hemos manifestado con pares, de todo el llanto que hay en las noches de domingos ante una nueva semana hábil de la que tampoco participaremos. Son conversaciones diarias que se quedan entre quienes compartimos la situación. Quiero ventilar esta charla que se convierte en un secreto a voces, para que todos quienes me han expresado su angustia sepan que sus emociones son compartidas a través de todas las áreas, edades y currículos. Es imposible no sentirse a la deriva cuando lo único constante y certero en su vida siempre ha sido la vida académica: la primaria, el bachillerato, la universidad, ¿y después? ¿Muerte? ¿Familia? ¿Tomodachi Life?
Lo que sea que decida, que llegue o lo arrastre, le prometo que tendrá un motivo. Uso este espacio en el González como carruaje para un abrazo de consuelo a los demás desalentados y una notificación temprana para los que vienen. Este momento —ahora o cuando llegue— hay que transitarlo con la certeza de que no será permanente. Aproveche la incertidumbre para crear, alimente las ideas a punta de aburrimiento, experimente todo lo que la academia no le permitió. Su vida no se definirá sino hasta dentro de cuarenta años, mínimo, póngale. Hasta entonces, será lo que usted haga de ella.
Y ante la pesadez, recuerde que somos varias personas en la misma barca; no sienta culpa ni se desanime por sentirse perdido, aquí nadie sabe a dónde rema. Pero vamos todos y algún lado llegaremos. Ánimo.

-Valeria Aguirre aka. Valeriana

Tan cerca

Ella era una mujer. Se llamaba C. Para un retrato más formal habría que describirla. Su imagen, al menos, era una fiel expresión de su carácter. Era una mujer de cabello oscuro, denso, abundante y corto. Tenía un rostro de rasgos afilados en donde todas las líneas buscaban contornear dos cosas: los ojos y la boca. Era una mujer de ojos grandes, aunque esa característica es la menos relevante. Lo que hacía de sus ojos unos ojos dignos de ser enmarcados por los gestos, era su expresividad. Tanto eran así que no hacían otra cosa que resaltar. Se veía en ellos una atención profunda, casi pasiva, imperturbable. Como si los ojos fueran un adorno. Un vidrio polarizado por el que se puede ver desde dentro hacia afuera. Nunca al contrario. Con esos ojos ella ve.

Luego está su boca. Para completar este retrato será suficiente ver en su composición solo estas dos cosas. Su boca parecería igual de pasiva, pero ella habla. Le gusta la palabra. Aunque habrá que decir que de la boca solo obtuvo el entendimiento. Con la boca aprendió la palabra. La repitió hasta desgastarla, hasta aplicarse, hasta ponerla en práctica. De ahí en adelante la palabra se distribuyó por todo el cuerpo. Especialmente en cabeza y manos. C es una escritora.

C aceptó esta distribución con gozo. Cuando era niña y tenía palabras en la boca, se dio cuenta que podía llenarse de ellas como alimento. Un alimento de cualidades metafísicas. Ya no abría la boca, abría los ojos y alimentaba la cabeza. Veía secuencias de palabras, órdenes de la palabra, juegos de la palabra. Le pareció divertida su cualidad cambiante.

La palabra era un nuevo hallazgo, hasta ahora desconocido por la boca. La palabra era insonora pero pegajosa. Se pegaba en las paredes oscuras en donde al parecer surge el pensamiento y encendía el cuerpo de formas imprevistas. Algunas veces el estómago, otras veces las manos, unas el pecho. Otras veces las sensaciones la recorrían toda.

La palabra fue interesante en un comienzo. Era inesperada en sus estallidos corporales, pero lo era aún más en sus sabores. Cada palabra era digna de detenimiento. Cada palabra se escondía a sí misma para revelarse de otras formas. C era una detective buscando el origen de la palabra. Y para buscar la palabra, buscaba más palabras.

Así, la palabra al comienzo fue generosa. Se compartió a sí misma sin penas, solo con el deseo de ser vista. C recibió y se dio de regreso. Dio de sí pensamientos, imágenes, emociones y preguntas. Estaba llena de curiosidad, y de amor.

C y la palabra se acompañaron mucho tiempo. Cada cita era un momento de entrega absoluta en el silencio. C siempre quería más. La palabra siempre quería dar más. Vivieron juntas sus metamorfosis. La palabra fue oscura, fue luminosa, fue juguetona y fue densa y pesada. Algunas veces parecía impenetrable. C la acompañaba en cada una de sus facetas. Y cambiaba ella también. La palabra la llenaba de formas, de visiones particulares. Ella asistía a todos sus nacimientos conmovida, nunca había estado tan llena.

C se sentía vital. Por primera vez conocía el mundo, y no lo comprendía, pero lo sentía. La palabra se le pegó a los ojos y no hacía más que ver agradecida porque cada objeto se le revelaba. Le hablaba y ella escuchaba.

Pronto la vida se llenó de matices y descubrió luces cálidas, noches con posibilidades, rostros extraños que aparecían como si quisieran revelarle algo. Todo eso le había dado la palabra.

Por eso C quiso extenderse. Quería encontrar a la palabra no ya aprisionada por párrafos de texto ya pensados. Quería asistir a su nacimiento así como la palabra asistía siempre al de ella, a todas sus renovaciones. C quería comprenderla mejor, estar dentro. Lo único que ahora faltaba era que C la liberara, y para eso tenía que crearla.
Así se encaminó. C pensaba que al estar tan llena la palabra se dispondría. Creía que al estar tan llena de pensamientos solo haría falta traerlos a la vida. Para eso hace falta una cabeza con ideas y unas manos que recibieran. Ella tenía ambas.
Sin embargo, pronto se dio cuenta que la palabra se negaba a salir. De repente, después de tanto tiempo, la palabra era tímida. Para empeorar las cosas, cuando salía nunca era ella misma. Algunas veces era su contrario, otras veces se amontonaba con otro grupo de palabras y parecía desafinada. No decía nada. Ni siquiera un punto o una coma bien puestas podían ayudarla.

C no entendía lo que estaba pasando. La palabra, en su cabeza, la palabra, pegada a las hojas de todas las hojas que ya existen era tan clara. Nada tenía sentido. Después de haber compartido tanto resulta que la palabra era caprichosa. C no entendía si el problema era ella, que ya no sabía verla, o si era la palabra, inventando nuevas dinámicas entre ellas.

Lo cierto es que C no se rendía. Hacia toda clase experimentos. Imitaba la palabra conocida y la forzaba a que fuera. La empujaba al escenario y la vestía de historias felices, de historias extrañas, de historias macabras, otras sensibles. La palabra nunca pudo adaptarse, no pudo ser ella misma.

Rápidamente C se dio cuenta que de nada serviría presionarla. No se le puede obligar a imitar y pretender que diga algo. C cesó en sus intentos. Entendió que para arreglar las cosas entre ellas hacía falta paciencia, volver a comenzar. Entenderse nuevamente. Al final es cierto, nunca habían andado estos terrenos.

C la invocaba juiciosamente. Cada día se dedicaba a ella. La escuchaba, la meditaba. Le daba su tiempo y sus pensamientos. Volvía a interpretar señales, a reírse, a aprender, a sorprenderse. C sentía que por fin se entendían nuevamente. Cuando la palabra cedió, C le entregó todos los pensamientos, las preguntas, las ideas que hasta ahora había guardado para sí. Se las dio y esperó. Pero la palabra ahora no la comprendía a ella.

C estaba desesperada. Tenía una palabra dispuesta pero incapaz de entenderla.

Y C sentía, sentía intensamente. Había adquirido una sensibilidad imparable. Tenía deseos de compartirse. Sentía la fatalidad. La fatalidad de explotar por abstraerse en sí. Necesitaba ayuda. Necesitaba a la palabra. Y ella, ella quería prestarse, claro. Pero sabía que C estaba insatisfecha. Ninguna de sus expresiones estaba a la altura. No podía contener la medida de la vida. Intentó darse, como antes. Y lo hizo. Se dio toda. Rozó con sus posibilidades los pensamientos. Convivió en la oscuridad de las ideas. Bailo al ritmo de distintos sentimientos. Y estuvo tan cerca, tan cerca, que C casi estaba satisfecha.

Pero no. C no la quería cerca, la quería siendo. La quería siendo como al inicio, al descubrirla. Pero ya no podía poner en ella todo lo que le había sido dado. C ya no aguantaba. La palabra había dado todo y se esforzaba por estar un paso más cerca.

Nada bastó. La palabra se cansó. C no se conformó. Solo había una salida. Había que terminar con esto. La palabra se fue a la boca y se quedó ahí para siempre. Se convirtió en sonido y herramienta. Para C por fin útil. No estaba tan cerca de las cosas, pero era útil, al final.

Y C, al ser un rostro que era una fiel expresión de su carácter, se preguntó: Y ahora, ¿qué se puede hacer con unos ojos que saben ver, una cabeza y unas manos?

Y la boca contestó:

-Yo mejor me dedico a la pintura.

-Isabella Grimaldo

Samuel, 23 años, hombre

Como estamos en tiempos complicados y la vida parece más un chiste que cualquier otra cosa, hay un grupo de seres que practican el optimismo. Espero que muchos se impregnen y se contagien de eso, a mí solo me queda esperar a que esa viga bajo la que duermo no se pudra para que cuando me aburra por completo logre aguantar mi peso.
Me parece un descaro todo lo bueno, todo lo bello, todo lo lindo y lo que huele bien.

Pensaba decir algo en concreto. Este algo lo diré de forma diferente ya que todo lo fantástico me lo arrebató el paso del tiempo.

Hace un año más o menos creí que no volvería a hablar con alguien. Mientras coleccionaba (y en presente) relaciones con personas de carne y hueso en esta vida que es tan pero tan linda créanme, decidí ignorar a todos para comunicarme con alguien que:

  1. no conozco,
  2. no sé su nombre,
  3. todos me decían que me iba a secuestrar,
  4. le dije por la mayoría del tiempo que hablamos que yo era un hombre,
  5. era por I N T E R N E T

A mí no me sorprende (a mi mamá si pero a mi no) que luego de dejar de hablar con tantas personas que conocí en “la vida real” ya sea por peleas o
por peleas o
por pelearme o
por pelearnos,
me doliera más perder el contacto con un random que conocí en el equivalente otaku de club penguin.
Últimamente he estado considerando todas mis opciones para acercarme a la gente, todas las personas con las que tengo potencial para relacionarme, buenos términos, lo que sea. Creo que estoy tan cansada de esto, pero aún así anhelo el contacto y me desespero por un mensaje.
Estoy en un grupo de whatsapp con 5 hombres de 40 años que hablan de chicas anime y tienen el dialecto de boomers que se creen de 15 años. Me sentiría en peligro o como mínimo incómoda si no fuera porque hasta donde ellos saben, yo también soy un hombre. La forma en la que veo que hablan de las mujeres da mucho que desear, pero nada sorprendente para el grupo de personajazos que son.

No siento que estoy infiltrada, no es un experimento de ningún tipo. La verdad es que creo que me he cansado de relacionarme con la gente siendo yo, ya que ese es el común denominador de todas mis conexiones fracasadas. Váyanse a la re mierda.

Prefiero ser Samuel, 23 años, hombre, soltero soltero, ¿religioso? umm nah mi dedo dice lo contrario viva el heavy metal: Marilyn Monroe, Ben 10, Miguel erotica, DC/AC, Queiss, Irvana, Nine Inch tails, Imagine Dragons, pero el mejor: Meiko de vocaloid.

Si soy lo suficientemente repugnante quizá nadie me buscará afuera de mi doctor de confianza, ni me robará navajas, ni escribirá textos personales usándome como una especie de “Manic Pixie Dream girl” con nombre de estrella. La gente da por sentado tantas cosas, YO di tan por sentado tantas cosas.
A veces está bueno negarse, no tratar de ser el lugar seguro de alguien, porque eso básicamente me transformó en una masa amorfa que solo quiere ahorcarse sobre su cama. Pero bueno, siempre están los señores ilusos y el muchacho que prefiere llamarme con un nombre ridículo antes de enterarse que tengo t e t a s.

Que viva el heavy metal.

-Sef y Sofía Leyva