González #603

Respuesta a Betty: “una carta a la mediocridad”

Carolina Cerón

Betty, no sé por qué te respondo. Pero algo me llamó.

Empiezo con una frase que no es mía, es de Espe; “yo me pongo la chaqueta de la mediocridad.” Espe se llama Delfina Esperanza de León, una curadora de Guatemala con quién tuve el placer de compartir unos encuentros virtuales en la Secuela, una escuela de cuidados que funcionó virtualmente y que organizaron Capacete, Lugar a dudas y TeorEtica.

Espe se soltó esa frase así en una sesión. Así como si no fuera nada. Así como si no fuera un monumento. Así como si no me hubiera construido una casa con haberla pronunciado. La escribí en varios cuadernos, en el celular. A ver, no se refería Espe a no hacer, sino a hacer lo suficiente. A la sobre exigencia. A todo lo que desata vivir con la presión en la nuca. A las comparaciones con lxs otrxs. Ponerse la chaqueta de la mediocridad era una frase que iba como un freno de mano al exceso de expectativas, que casi siempre son propias. Porque a nadie le importa tanto.

También apela a una figura que me obsesiona y que, sospecho, te atraviesa. La impostora. El síndrome del impostor.
Hace unos años una colega me dijo que yo debería dar un curso de escritura. Y yo pensé; pero si yo no escribo. O mejor dicho, si escribo pero no muestro. No publico nada. Solo leo y escribo mucho porque me gusta. Me quedé pensando en eso, sintiéndome una impostora proponiendo un curso que no sabía cómo dar, ni qué decir, ni qué leer, ni qué ejercicios poner. Pero ya había tomado varios talleres como estudiante, simplemente porque me gustaba. Y decidí que ya era suficiente; podía intentar hacer algo, aunque fuera pequeño. Lo primero fue llamar a la impostora, a que nos habitara a todxs en el curso, la descripción de esa primera versión dice así:

“El síndrome del impostor se caracteriza por disonar la visión que un individuo tiene de sí mismo con la realidad externa, haciéndolo dudar de sus capacidades y temer constantemente a ser expuesto de manera pública. Este curso propone la autoinducción del síndrome del impostor para dar paso a la creación de una ficción; el escritor. Es este un escritor que se autoedita y edita a los demás. Es por esto que el curso es un taller para usar como espacio de contemplación y producción. Consecuentemente comparte semanalmente apartes de su escritura en clase, lee a los demás en voz alta y en voz baja, reflexiona acerca de las formas de la palabra, lee los textos que alimentan su práctica, colabora con sus pares al revisar y editar los textos de sus compañeras, reescribe lo que desea repensar y finalmente publica la evidencia.”

Ahora veo que puse “El escritor”, así en masculino porque sospecho que los escritores no dudan tanto. Tienen el síndrome, claro, muchos, otros menos, otros más. Pero no mucho y no tanto. Sospecho que el sindrome es un padecimiento más femenino.
Y en fin, toda esta cháchara Betty, que ya acabo porque es domingo por la noche y tengo que dormir a mi hijo, solo para decirte (leerlo en susurro): todos tenemos eso que tú tienes. Creo que se llama dudar. Solo para decirte que lo tenemos todo el tiempo, todos los días. Habitar la duda es también un lugar donde estar. Quiero creer que una puede hacer y seguir haciendo, sin mostrar o mostrando, da igual, por un placer invisible, íntimo, privado. Por la dicha de hacerlo. Porque algo en una se alimenta de eso. Y así sea bajo la sombrilla de la impostora, como es mi caso, hacerlo con el placer que solo la impostora sabe que puede darse.


¿Conocimiento en estanterías o conocimiento abierto?

Isabella Ospina Acevedo.

La Universidad, por definición, es uno de los principales centros de alimentación del conocimiento. Cumple esta función a través de la cátedra, la investigación y, por supuesto, poniendo a disposición de sus estudiantes un extenso sistema bibliotecario.

He caminado innumerables veces frente a estas bibliotecas, frecuentando un par de ellas con regularidad. Sin embargo, mi ritual se limita casi siempre a esto: entrar, sentarme en una mesa, abrir mi computador y concentrarme en la entrega pendiente.

Solo de una de estas bibliotecas he retirado libros, no he retirado más de 15 libros en toda mi carrera y estoy en decimo semestre, estudio una de las carreras que mayor lectura demanda, derecho.

Con frecuencia me pregunto, ¿quién lee o llegará a leer todos los libros que se encuentran en las bibliotecas de la Universidad?

Personalmente, el tiempo disponible para una lectura que vaya más allá de la obligación académica es escaso. Sospecho que la mayoría de mis compañeros comparte esta limitación: es imposible que, en el transcurso de nuestra carrera, logremos siquiera rozar una fracción de este valioso acervo.

No obstante, la otra cara de esta moneda es más inquietante. Seguramente hay muchas otras personas que sí poseen el interés, la disposición o el tiempo para sumergirse en estas lecturas. Me refiero a aquellos que no tienen acceso a libros de esta alta calidad, variedad y valor cultural; personas para las cuales estas obras representan una puerta al conocimiento que hoy tienen cerrada.

Mientras se desarrolla esta paradoja, los libros permanecen en aquellos estantes, envejeciendo y empolvándose sin que nadie dentro del campus quiera leerlos, pero ¿y si otros quieren leerlos o consultarlos?, pero no pueden. Ante este contraste entre el acervo custodiado y la necesidad externa, la pregunta se impone: – ¿Estamos cumpliendo con el propósito de la difusión del conocimiento si este no circula? –


Como que ya volví a aburrirme

Sef y Sofía Leyva

Como que ya volví a aburrirme.

Entre la grava y la tierra y el viento y la marea y un viaje imaginario al Amazonas. Una mirada más allá de un arroyo; dos huecos, uno frente al otro. Paralelos.

Otra mirada más allá de una grieta. Mi sombra cansada de estar todo el rato cambiando. Minnie Mouse en el techo de la casa de los vecinos. Una caja de madera y una caja de cartón peleando a muerte. Dos platos de comida.

Me comí ambos.

Llegaron a contarme una historia catalogada como “triste” e “indignante”. Me alegré por la “tragedia” ya que la sufrió el enemigo. Así somos. Rencorosos. Así somos. Nos suma el odio. Así soy yo.

Velando por una idea, una historia, una fantasía donde todos aquellos que me fastidian se caen por la grieta. No mueren, solo siguen fastidiando bajo la mugre. Así contemplo el Amazonas imaginario porque mirar al techo de madera se ha vuelto repetitivo. Color rosado industrial en un paquete de galletas de una marca que no logro localizar. Una degradación porque mis adyacentes son parte de una red de mediocridad. No estuve de acuerdo así que me puse a renegar. Tres veces, tres tistes trigres, cada tres años desde el 2003. Un balcón que se cae 5 veces al día… más o menos: Desde el 2019.

Un olor a mango
que proviene de un mango
que despertó la marea de sangre en “El Resplandor”.

La serpiente esa que estaba bizca, como el gato que apodaron “Casimiro” ya que estaba
bisco.
Si bisco se escribiera con becorta (v) estaría en la palabra viscoso/viscosa/viscosidad/blahblahblahh-

Bolsa de sabores. Dos platos vacíos. Dos platos pordós (“x 2” o sea dos veces dos).

Jesucristo vino a darme la mano. Yo no pude creerlo así que me empecé a reír mucho y me oriné encima. Los ángeles se lo volvieron a llevar crucificado. Mi papá se enojó mucho conmigo por eso.

Todo eso me sucedió en una semana pero ahora que la semana se ha terminado me he vuelto a envolver en un aburrimiento infernal.

Vi “Interestelar” y no entendí qué hacía Timothée Chalamet allí. Resulta que la había confundido con “Odisea del espacio”.


vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi vi el aleph

Nemo

Es una pared blanca, pero llena de grietas, hendiduras y manchas. Se destaca una zona, pequeña pero lo suficientemente amplia para ser notoria: cerca a la unión entre esta y la siguiente pared, plagada de lo que parece ser moho, encontré el Aleph. Entre esas manchas amarillentas, vi NO SÉ QUÉ VI, NO SÉ CÓMO SEGUIR DEBO SÓLO DECIR COSAS RANDOM O QUÉ? DEBE SER PERSONAL? NO ENTIENDO???

No entregué esta tarea. Y al día de hoy, sigo sin tener idea de cómo hacerla. La instrucción era clara, precisa, suficientemente limitante, con lugar para la creatividad. 1) Leer el texto del aleph, 2) escribir sobre “mi propio” aleph, 3) utilizando 37 veces la palabra “vi”.

Un ejercicio muy sencillo, objetivamente. Pero me causó tanta ansiedad el no poder escribir nada para el momento de la entrega, que lo dejé por ahí y se me olvidó. Un día me senté, “voy a hacerlo y voy a entregarlo, aunque ya sea tarde, para no sacarme 0”. Pasaba el tiempo, nada se me ocurría. “Voy a ver qué escribieron los demás para darme una idea”. Muy ingenuo de mi parte creer que eso me ayudaría. Creo que realmente sólo me confundió más. “No lo voy a entregar y ya, ya fue, no pude”, se siente un poco humillante no haber entregado uno de los trabajos más “fáciles”. Por alguna razón, a veces lo más aparentemente fácil es lo más tedioso y complicado, para mí. Quizás la simplicidad de las instrucciones, que daban espacio para una creatividad casi ilimitada, me agobió. Si me dan tanta libertad y tantas opciones me mata la indecisión. A veces creo que me sirve tener ciertos límites impuestos, pero cuando sucede también me agobio y me quejo. Creo que el problema soy yo.