González #606

¿Quién nos dice qué es el arte?

Montoya Bonilla

¿Quién nos dice qué es el arte?
¿Aprendemos arte para ser artistas? ¿Nos enseñan a crear, o nos enseñan a mirar el mundo como una obra?

Al final, ¿todos saldremos siendo artistas… o solo personas que entienden lo “global”, lo cultural, lo simbólico?

Entonces vuelvo a lo esencial:
¿qué es el arte y quién es el artista?

Porque también pienso esto: quien mira es quien le da vida a la obra.
¿Qué es una obra sin espectador?
¿Sigue siendo arte… o se vuelve solo algo decorativo, un objeto sin sentido?

En esta primera semana confirmé algo: al final todo es perspectiva.
La vida del espectador su historia, su sensibilidad, sus heridas, sus recuerdos son lo que le da a la obra las características para ser apreciada.

Y más allá de todo, sea artista o curador, a veces se olvida lo más importante:
la historia del arte demuestra que muchos artistas no hacen arte pensando en “arte”, sino sintiéndolo.
Lo hacen como una necesidad, como una forma de expresarse, aunque los entiendan o no, aunque los aplaudan o no.

Porque claro, incluso si un curador se pone una camisa y después se la quita, lo que queda no es la camisa: lo que queda es su vida, y con esa vida decide qué es arte y qué no.

Y vivimos hoy en un mundo donde pareciera que necesitamos que alguien escriba sobre nosotros para existir…
pero yo me pregunto:

¿el arte puede existir sin ellos?
Hay tanta magia en el mundo, y aún así mucha gente solo piensa en competir, en la fama, en estar por encima…

cuando el arte, muchas veces, solo es sentir.

Y al final… pienso algo más:
todo puede ser arte.

Porque el arte no es solo pintura, cine o música.
Un médico también tiene arte: su operación, su precisión, su forma de salvar una vida.
Un arquitecto tiene arte en su edificio, en cómo convierte ideas en espacio.
Un antropólogo en sus investigaciones, en cómo interpreta al ser humano, su cultura y su historia.

Entonces yo me pregunto:
¿quién me va a decir que eso no es arte?
¿Quién puede afirmar que la creación humana no lo es?

Tal vez el arte no es una sola cosa…
tal vez el arte es todo lo que nace de la necesidad de crear, de transformar, de comunicar.
Y si es así, entonces sí:

todo puede ser arte, dependiendo de quién lo mire… y de cómo se viva


¿Usted habla en las bibliotecas?

S.S Gomez

Hace algunos semestres, por falta de tiempo y en un arranque de productividad, empecé a
llegar a la universidad a las 6:00 de la mañana para estudiar y adelantar trabajos. Pasaba de
6:00 a 7:00 en el quinto piso del ML desayunando, tomándome un café y leyendo un rato. A
las 7:00 en punto bajaba a la biblioteca y entraba a la sala de estudio que había apartado el día
anterior. Me gustaba porque no estaba muy lleno, había silencio y podía concentrarme mejor.

Hasta que un día dejé de ir.

Esa mañana llegué como siempre, saqué el computador y abrí Bloque Neón. Apenas estaba
empezando la primera tarea cuando llegó un grupo a la sala de al lado. Por lo que alcancé a
oír, estudiaban para un parcial, pero poco a poco empezaron a subir el volumen. Risas, gritos,
conversaciones que no tenían mucho que ver con estudiar. Yo trataba de concentrarme, pero
la molestia crecía.

“¿Por qué no se van a otro lado?”

Me levanté, les golpeé la puerta y les pedí que hicieran silencio. No sirvió. Tuve que recoger
mis cosas y buscar otro lugar.

Después empecé a ver lo mismo todos los días: grupos hablando en las salas de estudio como
si estuvieran en la cafetería, y yo sintiéndome cada vez más amargada. Me estoy volviendo
insoportable, pensaba. ¿Por qué me molesta tanto? ¿Por qué no puedo simplemente
ignorarlos?

Buscando entenderlo, un día encontré en la biblioteca un libro de Charles J. Holahan:
Psicología Ambiental. Ahí estaba la respuesta. Un estudio sobre cómo los ambientes influyen
en lo que hacemos y cómo nos sentimos. Al leerlo, mi experiencia empezó a tener sentido.

Los espacios nos transforman


Holahan habla de la interacción transaccional: los espacios nos cambian y nosotros
cambiamos los espacios. Yo había empezado a llegar a las 6:00 de la mañana porque ya sabía
que más tarde, con ruido y movimiento, me era imposible trabajar. Buscaba, sin saberlo,
control sobre el entorno.

La biblioteca no es solo un edificio con mesas y libros. Es un espacio pensado para el silencio
y la concentración. El quinto piso del ML es otra cosa: ahí hablar es parte del ambiente. El
problema aparece cuando se confunden los espacios y sus normas.

El ruido no es solo volumen


Holahan explica que el ruido no se define solo por su intensidad, sino por si es deseado o
controlable. Un sonido se vuelve ruido cuando es no deseado, impredecible o incontrolable.
La conversación del grupo de al lado tenía contenido semántico: palabras que entendía y que
competían directamente con lo que yo leía en la pantalla. Mi cerebro intentaba filtrar esas
voces, pero ese esfuerzo consumía la misma energía mental que necesitaba para trabajar.
Cuando empezaron a reír y gritar, simplemente no pude más.

Tenemos una cantidad limitada de atención. Cuando el ambiente nos obliga a gastarla
filtrando ruido, no queda suficiente para lo importante. Y aunque el ruido pare, el efecto no
desaparece de inmediato.

La burbuja invisible


Holahan describe el espacio personal como un límite invisible que nos protege. Cuando el
ruido invade ese límite mientras estamos concentrados, se siente como una invasión física.

Al apartar una sala de estudio y acomodar nuestras cosas —el computador, los cuadernos, el
café— estamos marcando territorio. No es permanente, pero por ese rato sí. El ruido rompe
esa sensación de control y nos obliga a estar pendientes de otros cuando solo queremos
trabajar.

Por eso golpeé la puerta. Sentí que me habían quitado el control sobre mi propio espacio.

Molestarse también tiene sentido

Esa molestia tiene un nombre: estrés ambiental. Aparece cuando las demandas del ambiente
superan nuestra capacidad de manejarlas.

Yo había madrugado, planeado el día y creado las condiciones para ser productiva. Y de
repente todo eso se perdió por algo que no podía controlar. La pérdida de control genera
impotencia, y la impotencia genera rabia.

Además, la biblioteca funciona como un símbolo de orden y respeto por el conocimiento.
Cuando alguien rompe el silencio, no solo interrumpe una tarea, sino el sentido mismo del
lugar. Por eso molesta tanto.

Hacinamiento sin estar lleno


El hacinamiento no depende de cuántas personas haya, sino de cómo percibimos su
presencia. Una sala con pocas personas ruidosas puede sentirse más asfixiante que una llena
en silencio. Eso es sobrecarga social: procesar información social no deseada hasta sentirse
atrapado.

La biblioteca no estaba llena, pero esas voces bastaban para hacerla inhabitable.

El ajuste

Cambiarme de sala ese día me hizo sentir que estaba cediendo. Pero Holahan habla del ajuste
persona-entorno: cuando el entorno no funciona, adaptarse también es una forma de cuidarse.

Después de eso dejé de madrugar así. Busqué otros espacios, otros horarios, otras maneras de
recuperar ese control que necesitaba para trabajar tranquila.

Lo que queda

Buscar silencio es, al final, buscar libertad: la libertad de pensar sin interrupciones constantes.

La próxima vez que vea a alguien hablando en la biblioteca probablemente me voy a
molestar. Pero también recordaré que todos usamos los espacios a nuestra manera. Tal vez no
entienden que invaden el territorio de otros. Tal vez tienen otra relación con el ruido. O tal
vez simplemente no les importa.

Los espacios importan. Y cómo los usamos dice algo sobre cómo somos.


Una vida creada solo por consecuencia

Sef y Sofía Leyva

Silvia no tiene nada que perder.

La realidad carece de rostros y las voces la engañan.
Pero decide algo: va a dejarse engañar, por un rato.
Mientras revuelve la tierra bajo unas nubes peligro-
samente grises se le ocurre que quizá el mundo solo
le advierte lo inevitable. Que las hojas caen para ha-
lagar su desperdicio, que el viento sopla para alejarla
de la corriente…

Una tontería más entre las risas de aquellos seres sin
rostro. Les hace un baile, les cuenta un chiste, les tira
el café al suelo cuando se harta de ellos. Esa es Silvia,
conservando lo que la vuelve “ella” y buscando la
forma de escapar de su apatía, la cual le cuelga de las
axilas y esconde bajo ropa holgada.

Silvia intenta conformarse con los libros que robó de
una caja de cartón en algún lugar; quizá sobre una
estantería o quizá en un rincón. Abre el primer libro,
lee la primera frase y lo cierra rápidamente. Suspira y
se levanta para hablar con su mamá.

“¿Por qué los nombres están en todas partes?”

Su mamá la mira de reojo y continúa con la acción de
quedarse sentada mirando por la ventana.

“Porque Dios.”

Las escaleras se encienden y unas patitas bajan rápi-
damente, resbalándose entre piso y piso. La puerta se
abre y todos reciben un saludo.
Hola. Hola. Hola. ¿Cómo te llamas?
Y responde el nombre de su compañera, porque le
fastidia todo lo propio.