


LUMBRA, no Lumbre
Isabel Viveros
(Carta abierta sobre la crítica y sobre las tesis pendientes)
Leí el texto “Quiero criticar las tesis” por “Marta Traba”. Y sí, duele.
Duele que se reduzca un proceso de meses —de encuentros, silencios, llantos, pruebas fallidas, memorias prestadas y cuerpos vulnerables— a un texto ligero. Pero no duele por la crítica en sí. Duele por la velocidad.
Porque para criticar hay que detenerse.
Y detenerse implica leer.
Así que agradezco a “Marta Traba” por tomarse el tiempo de mirar las tesis y opinar. Para eso estamos, para que nos critiquen.
Me cuestioné si debía responder algo. Pero mi mamá estaba triste de que la gente pudiera quedarse con la idea de un “proyecto de interáreas (7/10)”, después de haber celebrado —como toda mamá— que mi tesis fue meritoria.
¿Meritoria de qué?
Me gustaría decir que me gustó lo que escribieron sobre LUMBRA. Pero, siendo sincera, no dijeron nada. El texto se queda en la descripción. No hay argumento, no hay postura clara, no hay riesgo crítico.
No sentí que realmente hubieran visto la obra o leído el texto que la acompaña. Ni siquiera pudieron escribir bien el nombre —LUMBRA—, que estaba en grande en la entrada del Sinfín y en la portada del libro. Ese detalle, aunque parezca mínimo, revela que la mirada fue rápida.
Y LUMBRA no está hecha para miradas rápidas.
Aprovecho entonces esta oportunidad para invitar a quienes escribieron la crítica —y a quienes la leyeron— a leer el texto completo de la obra, disponible en el repositorio de la Universidad. Ese texto no explica LUMBRA, es otra capa. Es parte del dispositivo. En un momento donde la imagen domina y la lectura se esquiva, decidí construir una obra que exige tiempo, pausa y atención. Por eso ubiqué el texto a la entrada, para que quien quisiera experimentar de verdad lo leyera.
Ahí se entiende que esas “pequeñas arquitecturas mínimas” no son ejercicios formales. Son contenedores de memoria. Son estructuras íntimas donde el tiempo no es lineal y el archivo no es estable. Ahí se entiende que la memoria, para mí –Isabel Viveros–, no es acumulación sino incertidumbre.
Ahora quiero hablar de los retratos.
Mi formación en Narrativas Digitales me enseñó a entender el recuerdo como una forma de ficción ética: una manera de acercarme al otro sin apropiarlo. Durante más de mes y medio acompañé a 16 personas. No son “retratos: propios, ajenos, de archivo o heredados” como lo exponen en la crítica. Son 16 vidas concretas. 16 historias que podrían ser la nuestra.
En la crítica parece que no le tomaron importancia a lo esencial en LUMBRA: ¿quién está retratado y por qué?. No se dieron el privilegio de leer sobre el amor de Rodrigo y Nelly. Las ganas con las que Leonor se aferra a la lectura. La esperanza obstinada de Guillermina. La frustración cuando Laura solo podía ofrecerme un gesto. Aunque me hubiera gustado que leyeran el texto que acompaña la obra, entiendo que hay quienes solo se interesan por el arte que puede apreciarse a primera vista.
Pero LUMBRA no acumula imágenes, sino que construye vínculos.
Ahora bien, esta carta no es solo una respuesta personal.
Es también una dolencia institucional, que “Marta Traba” mencionó en su texto.
Las tesis pendientes existen en un limbo. No son parte de la gran exposición colectiva. No tienen inauguración formal. No tienen difusión institucional. Están pensadas para montarse y desmontarse el mismo día de la sustentación. Su duración es casi simbólica. Su visibilidad, mínima.
Entonces me pregunto: ¿qué significa hacer una obra que, desde su concepción institucional, ya está destinada a desaparecer rápido?
Cuando pregunté cómo podía gestionar la entrada abierta de personas externas para que vieran mi proyecto, me dijeron que ese privilegio estaba reservado para la exposición de diciembre.
Las pendientes no estaban pensadas para eso. La única razón por la que pude habitar el Sinfín más tiempo fue gracias a la generosidad de Héctor.
Eso no debería depender de las circunstancias personales por las que no pudimos presentar la tesis en diciembre.
La crítica que recibí —“podría pasar por un proyecto de interáreas (7/10)”— me hizo pensar menos en mi obra y más en los criterios invisibles que operan sobre ella. ¿Qué define que algo tenga “pinta” de tesis? ¿La escala? ¿La espectacularidad? ¿La claridad expositiva? ¿El cumplimiento de una expectativa formal?
Si una obra puede parecer “de clase”, ¿eso la descalifica? ¿O revela que la frontera entre proceso académico y proyecto de grado es más frágil de lo que creemos?
Agradezco la crítica –en especial si es “Marta Traba”–. Agradezco incluso la incomodidad del puntaje. De verdad. Porque significa que la obra circuló. Que no quedó muerta en una sala del Tx. Que generó conversación.
Pero si vamos a ejercer la crítica, hagámoslo con el mismo rigor que exigimos a quienes presentan sus tesis. Leamos. Preguntemos. Profundicemos. Tomemos postura. No nos quedemos en la superficie.
O al menos tomémonos el tiempo de saber como se llama la obra que estamos criticando.
Porque es cierto, hacer una tesis no es un trámite. Y escribir una crítica tampoco debería serlo.
Pdta. Gracias por visitar mi arte.
“las tesis”
Nemo
Las conversaciones recientes sobre los proyectos de grado de arte me han dejado pensando un poco sobre mi propio proyecto (y otras cosas). Y sobre los sentimientos encontrados que tengo con la experiencia de haberlo presentado. Puedo decir, honestamente, que estoy orgullose de lo que logré. Me gustó, que debería ser lo más importante, pero me importó más ver que a muchísima gente le encantó. Muchas personas, no sólo mis amigues y conocides, se acercaron a mí para felicitarme, lanzando miles de elogios hacia mi librito, pidiendo que le haga copias y lo venda. Mi parte favorita fue, quizás, ver a la gente sentada mirando mi libro y observando en grupo mis honguitos, decidiendo cuál era su favorito o con cuál se identificaban.
Muchas personas admiraron también mi manejo de la acuarela y de los colores, mi creatividad, mi delicadeza, y mucho más. Me gustó, pero también me incomodó un poco que elogiaran mis habilidades de tal forma, porque dificílmente creo que tengo dichas habilidades. No le doy a mi trabajo y mi esfuerzo el valor que seguramente tienen.
Mis papás, naturalmente, insisten en que mi proyecto fue “objetivamente el mejor”. Otras personas me dijeron también que mi tesis fue de las mejores. Yo no lo creo. No sé si es por lo de no valorar mi trabajo tanto como debería, o porque me comparo injustamente a los demás. Sé que no fue el peor, para nada. No fue de los peores, tampoco. Fue un buen proyecto, lo reconozco. Pero jamás me atrevería a decir que fue el mejor.
Siento que ningún estudiante de arte en su sano juicio consideraría sin ninguna duda que su tesis es mejor que todas las demás o que su tesis es la única merecedora de ser “meritoria”. Siento que, al contrario, la mayoría no creemos que nuestro proyecto pueda ser “meritorio”, a pesar de que muchos tengamos una tesis meritoria cada semestre.
Presentar el proyecto de grado es algo que por mucho tiempo dudé lograr. Y de repente era primero de diciembre, estaba en medio de la sala de exposiciones Colpatria, cruzándome a todo el departamento de artes, tanto a los que quiero, como a los que odio, como a los que me dan igual y a los que nunca había visto. Y sentí una tristeza extraña, de saber que ya estaba sucediendo eso que llevaba tanto tiempo esperando con ansias y miedo. De saber que esto marcaba el final de un recorrido confuso. Lo único que me faltaba para graduarme era sustentar mi proyecto y tendría ya la libertad de irme para siempre, o de permitirme usar ese último semestre del seguro para ver talleres que siempre quise pero que, debido a mi programa, no pude priorizar antes.
En todo caso, salí de la inauguración sintiendo mucha paz. Entré y estuve y salí de ese lugar con mucha gente que me ama, con gente que me acompañó durante la carrera, con los amigues que conocí en inducción y en clases virtuales de primer semestre, con gente que siempre ha estado ahí, a veces más lejos, a veces más cerca.
Admito que se sintió anticlimático ese final. Pensar que 4 años de carrera y esfuerzo culminan en un solo proyecto que se expone por 5 días y se sustenta ante jurados que a veces ni siquiera se leen los textos y por ende no traen ninguna crítica valiosa o interesante; es algo decepcionante. Pero no sé tampoco qué esperaba exactamente de ese final. Siempre supe que me importaba poco mi nota y los comentarios de esos 2 jurados porque, a fin de cuentas, significan poco en comparación a la felicidad que me trajo ver a tantas personas apreciando algo que pensé que nadie apreciaría tanto como yo.