Gonz√°lez #575

Enviado por Lucas Ospina

El día que la Universidad le falló al estudiante

por Carla Gloria Colomé

[Publicado en El País]

Cuando pase el tiempo, y los detenidos estén libres de cargo, y no queden sombras de la agresión, y hayan asistido a sus graduaciones y lanzado el birrete hacia el cielo de los Estados Unidos, los sucesos de finales de abril quedarán en la memoria como el día en que la Universidad le falló al estudiante.

En la tarde del jueves 2 de mayo, la oficina del rector F√©lix V. Matos Rodr√≠guez envi√≥ un correo a todos los alumnos de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY). Yo estaba terminando mis cr√©ditos del programa de maestr√≠a de la escuela Craig Newmark de Periodismo. El correo lleg√≥ pasadas las cinco del d√≠a despu√©s de que los oficiales de la polic√≠a entraran al campamento del campus de City College, que los estudiantes plantaron en solidaridad con el pueblo palestino y en medio de la avalancha de protestas en el pa√≠s. Como quien sabe de antemano lo que est√° atacando, el rector dej√≥ claro en su mensaje que la comunidad universitaria ‚Äútiene el derecho constitucional a la libertad de expresi√≥n y el derecho a protestar‚ÄĚ, y que el desalojo de las manifestaciones no se deb√≠a ni mucho menos a un ultraje de estas libertades, sino ‚Äúa actos espec√≠ficos y repetidos de violencia y vandalismo‚ÄĚ. Ni m√°s ni menos, la polic√≠a de Nueva York, por petici√≥n de Matos y Vincent Boudreau, el presidente de City College, desactiv√≥ las protestas de los estudiantes de CUNY justo a tiempo para regresar a las aulas luego de unas merecidas vacaciones de primavera, que unos aprovecharon para irse a las playas de Fort Lauderdale, o a los pueblos intrincados de Upstate, y otros para acampar en las inmediaciones de la calle Convent, en la barriada de Harlem.

Unos d√≠as antes de que lo desactivaran, visit√© el campamento donde unos pocos estudiantes de mi clase improvisaron una peque√Īa redacci√≥n, probablemente la primera de sus vidas, desde donde despachaban todo tipo de propuestas a medios locales, entrevistas a cadenas internacionales, y documentaban con la conciencia de estar formando parte de algo hist√≥rico. El campamento estaba repleto de casas de campa√Īa, colchas, barriles de agua, gente que ofrec√≠a pul√≥veres con letreros que ped√≠an el fin de la guerra, tatuadores de figuras semipermanentes que imprim√≠an el s√≠mbolo de la paz en el hombro o el cachete, y gente que agarraba el altavoz y gritaba Free, free Palestine! (Palestina Libre), mientras un coro joven repet√≠a al fondo Free, free, free Palestine!

Ese d√≠a conoc√≠ a Danny Shaw, a quien le fall√≥ su Universidad, su colegio y sus colegas. Shaw, un ex profesor de casi dos metros, calvo, blanqu√≠simo, que hablaba el espa√Īol digamos que con guaper√≠a (con un deje cubano), me salud√≥ como si me conociera de a√Īos. Fue un encuentro corto. Compartimos contactos y no hicimos nada con ello. Shaw coment√≥, como ya hab√≠a sido noticia, de su expulsi√≥n del puesto de profesor adjunto de Estudios Latinoamericanos y del Caribe en el John Jay College of Criminal Justice, perteneciente al sistema de escuelas p√ļblicas de CUNY. La decisi√≥n vino luego de ser tildado de antisemita por hablar de genocidio. Aquella tarde que conoc√≠ a Shaw en el campamento me dijo, tranquilo pero no sin el dolor evidente, que se hab√≠a quedado sin trabajo y que esto era algo propio de las dictaduras. Yo me hab√≠a presentado como cubana. Unos a√Īos antes, entre sus viajes por Latinoam√©rica, estuvo trabajando en el barrio de Arroyo Naranjo, en La Habana. Sab√≠a del lugar de d√≥nde yo ven√≠a. Nos apretamos las manos para despedirnos. Luego supe que en la redada del 2 de mayo, donde la polic√≠a roci√≥ con gas pimienta como si se tratara de un perfume, golpe√≥ a varios estudiantes con sus tonfas, fractur√≥ el tobillo de uno y dos m√°s perdieron los dientes, Shaw estuvo entre los casi 200 detenidos de la noche.

La consciencia de Shaw encendió la mía. Había presenciado a través de videos en redes sociales las detenciones violentas a los congregados en la Gould Plaza, justo frente a la Escuela de Negocios de la Universidad de Nueva York (NYU). También, en la noche del 30 de abril, vi desde mi cama cómo la policía entró en manada y limpió el césped verdísimo de Columbia y ocupó las instalaciones del Hamilton Hall. Pensé en cómo Columbia invitó días antes de las manifestaciones a una charla en sus aulas a Motaz Azaiza, el fotoperiodista que reportó por meses la guerra en Gaza, y que perdió al menos a 15 familiares por un ataque aéreo israelí. Lo que hace Columbia, lo que hacen las universidades, lo que hace el país, es capitalizar a gente como Azaiza, llevarlos a sus predios, y luego no prestarlos para ejercer la solidaridad. A espaldas de los estudiantes, y en complicidad con el silencio de muchos decanos y profesores, los rectores y presidentes levantaron el teléfono para entregar a los suyos. Las universidades han echado mano de la violencia para desactivar unas protestas que a quien más molesta es al poder. A Biden y a Trump, que están de acuerdo en esto, y a los padres que pagan las matrículas de sus hijos para que nadie estorbe su tranquilidad, ahora que se acercan los exámenes de fin de curso.

Las demandas de los estudiantes son, ante todo, una demanda al sistema, un reclamo directo a Occidente. Cuando mis colegas de CUNY exigen que la universidad se deshaga de todos los v√≠nculos financieros con Israel, o que emita una declaraci√≥n en solidaridad con el pueblo palestino, lo que realmente est√°n pidiendo es un alto a la doble moral, que con tanta sutileza las escuelas se encargan de ense√Īar. Las demandas no son s√≥lo demandas puntuales ni temporales. Y si se acabara ma√Īana la guerra, las demandas seguir√°n. Por eso los estudiantes de CUNY piden estudios gratuitos y un salario justo para los trabajadores, porque las demandas, las protestas, la rabia, es contra el coraz√≥n del sistema de su pa√≠s.

En dos a√Īos de estudios de periodismo en Nueva York, nunca pareci√≥ que hiciera falta mencionar la frase ‚Äúlibertad de expresi√≥n‚ÄĚ, ahora que se habla de ello, como se habla de libertad acad√©mica, y de libertad en general. En un pa√≠s que presume todo el tiempo de esas licencias, no es el antisemitismo lo que est√°n combatiendo, es la libertad. En estos d√≠as de protesta, he visto de todo. La oferta de trabajo que pide que el estudiante, por favor, no se haya pronunciado nunca sobre el conflicto entre Israel y Gaza. El profesor que espera que env√≠en tres correos antes para poder redactar el suyo, porque el miedo a expresarse lo carcome. El mensaje oficial que pretende ser solidario, pero que no planta la rodilla con el estudiante. El estudiante graduado detenido, y un profesor diciendo que ese ‚Äúya no era su responsabilidad‚ÄĚ. La gente a quien le da miedo dar like en una red social. El que comparte la solidaridad en las historias de su Instagram, porque sabe que van a desaparecer. El profesor que jam√°s extiende la mano. Los que tienen buenos puestos en c√°tedras de las mejores universidades del pa√≠s, y que temen perder sus comodidades de tenure (por antig√ľedad). Tambi√©n estuvo el profesor que apoy√≥ desde el primer d√≠a, que defendi√≥ con dientes a su estudiante, que organiz√≥ grupos de chats para guiarlos en las coberturas de las manifestaciones, y que ofreci√≥ un protocolo de cuidados. Esos, sin dudas, han sido los menos.

A esos profesores de las universidades de periodismo de Estados Unidos, que ahora no solo tendr√°n en sus aulas alumnos sino manifestantes, no solo tendr√°n aprendices de periodista sino a corresponsales del conflicto m√°s importante de los √ļltimos meses, a los cronistas del enfrentamiento con la polic√≠a: ¬Ņqu√© plan tienen para la pr√≥xima clase? Las escuelas de periodismo de este pa√≠s, especializadas m√°s que todo en el arte de entrenar en las buenas pr√°cticas del networking, de c√≥mo venderte en una carta de presentaci√≥n y c√≥mo enga√Īar en un curr√≠culum: ¬Ņc√≥mo van a posicionar en sus agendas el tema de libertad de expresi√≥n? La realidad siempre demuestra que son solo unos pocos los que se encargan de ella. Vengo de Cuba, un pa√≠s donde me mandaron a callar, y llego a otro donde es conveniente callar. Callar para no perder el puesto, callar para que te contraten, callar para que te publiquen, y para que no te pase como a Shaw. No puedo venir de una dictadura para caer en la dictadura del miedo al poder, al dinero, al estatus y a la instituci√≥n. Lo mejor que hacen los estudiantes es seguir siendo estudiantes hasta que puedan, una manera de alargar la libertad. Luego, cuando ocupen los puestos de sus profesores y sean periodistas de los renombrados medios del pa√≠s, puede que comiencen a hipotecarla.

En mi bandeja de correo no han llegado nuevos mensajes. Ninguna autoridad escolar ha vuelto a mencionar las protestas, ni han condenado las detenciones violentas, ni han informado sobre qu√© cargos o no le pusieron a sus estudiantes o graduados, y cu√°l ser√° el curso de los acontecimientos. La universidad le fall√≥ a sus estudiantes, y sabemos que no es la primera vez que lo hace. Se ha hablado mucho por estos d√≠as de abril de 1968, cuando los campus abrieron sus puertas para que desfilara la polic√≠a a apagar las concentraciones en contra de la guerra en Vietnam, o de las protestas de abril de 1985 en Columbia, en contra del apartheid en Sud√°frica. La Universidad siempre ha desactivado los reclamos y ha mirado a otro lado. Ahora, algunos colegios han comenzado a suspender las graduaciones y a impartir de manera remota las clases que restan. La Universidad nos ha dado una nalgada y mandado a la casa. Lo que sucede es que esta es una lucha atascada, el curso que viene, o el curso del futuro, cuando vuelvan a ser c√≥mplices de otras guerras, un pu√Īado de estudiantes volver√° a estallar, hasta que algo acabe de transformarse.