González #576

Enviado por Jade Galindo

Lucky

por Jade Galindo

Ese domingo no pude dormir. La luz de mi cuarto era blanca, intensa, enceguecedora. Me hostigaba. La ansiedad, como un parásito invadía mi cuerpo, se alimentaba de mi carne. Primero el estómago, luego el pecho, y la garganta, la cabeza, brazos, piernas. Todo ardía, como un ácido que, poco a poco, me consumía hasta acabar con el más mínimo rastro de mi existencia. Al menos, a veces, eso me gustaría pensar. La ansiedad, realmente, nunca me ha consumido a tal punto ¿Cómo podría?  Ese es su verdadero defecto, no puede. Y así yo lo quiera y se sienta como que lo haré. Nunca. No está diseñada para eso. Solo yo tengo la decisión final, completamente a mi disposición, para desaparecer, para dejar de existir.

Ya el lunes, a las cuatro, cuatro y cuarenta, más o menos, empecé el día. Un episodio más en mi propia película o, por lo menos así me gusta esquematizar mi vida. Episodios separados. Lo que sea que haya ocurrido, sentido, querido, llorado el día anterior lo despersonalizo. Dejo de sentir. Nada me duele, nada me dolerá. Después de cinco horas de un montaje cinematográfico desesperado, estresante y, sobre todo, inconsecuente en mi cabeza, me encontré bañándome, no muy bien, si soy honesta. Un poco de agua, jabón y ya. Así, rápidamente salí, me vestí con la misma ropa del sábado, en la que no entraré en detalle — no pretendo ser una copia de My Immortal, ni mucho menos kinneo a Ebony Dark’ness Dementia Raven Way, aunque supongo que la aclaración sobra — solo diré que, por las razones que fueran, era la única ropa que podía permitirme en el momento. Una burla de wannabe rebelde-edgy. Así, un nuevo episodio.

Estas horas de la madrugada eran el paraíso para mí, no tenía que convivir, socializar, nada, con nadie. Solo yo. Lidiar conmigo siempre ha sido imposible. Juzgando cada cosa, por más pequeña o absurda. Siempre quejándome. Por eso prefiero cuando estoy sola, yo con yo. Nadie me estresa ni me cansa ni me aburre ni me da asco. Solo yo. Al vivir con esta mentalidad por tanto tiempo, he aprendido — o, mejor dicho, normalizado — el hecho de reprimir muchos pensamientos y emociones — no que esto sea algo bueno, sin embargo, si ha resultado útil, al menos, para no ser una marginada social —. Soy una persona construida en base a emociones reprimidas. Soy lo que no me atrevo a mostrar ¿Esto me convierte en una mentira? ¿soy una mentira? De pronto ese lunes. Sí. Si lo era.

La tarde del lunes la perdí por completo. Escuchando y escuchando sin parar lo que las personas más aburridas y poco inspiradoras que he conocido en mucho tiempo tenían por decirme. Yo solo supe fingir, como siempre lo había hecho. Fingí escuchar. Fingí creer que elles tenían razón. Me metí en su juego de autoridades artísticas y palabras grandes y complicadas y galerías e ideas profundas — la mentira más grande de todas — y fingí. Al fin y al cabo, elles están para enseñar, ¿no? Les encanta decirlo, “nosotros solo estamos aquí para enseñarles”. Pero que podía aprender   yo — o cualquier   persona, realmente — cuando quienes enseñan, desde su posición de poder, arruinan ideas, procesos, sueños. No hay nadie más insoportable que la gente que cree que sabe de arte. Y elles, ensimismades en sus propios delirios de grandeza, no pueden dejar de hablar de si mismes, de sus exposiciones, su arte y experiencia como artistas. Tienen que haberse repetido cuatro o cinco veces hablando de lo increíble y profunda y conmovedora y rebelde e inspiradora que es su obra, antes de finalmente decidir hablar de algo más. Los mismos dos referentes, igual de sosos y poco inspiradores a elles.          

A veces, en momentos impulsivos, pienso en dejarlo todo.   Abandonar la universidad. Dejar de estudiar, de escribir, de existir. Ese lunes me dejó con estas ideas muy frescas en mi mente. No quería volver a la universidad, solo quería dormir, no despertar. Nunca despertar. Como siempre, reprimí mis emociones, por lo menos lo suficiente para aparentar funcionalidad.

El miércoles de esa misma semana fui a estudiar en la universidad. A pretender que estudiaba. A las tres de la tarde más o menos me encontré con Vero, yendo en la dirección opuesta por la misma calle. Era difícil no notarla. Su pelo era rizado, lo tenía pintado de naranja, con un mullet recién rapado; llevaba un jean oscuro y, encima, una falda a cuadros, roja con negro, larga; fácilmente, una de las mejores personas que conozco, dispuesta a estar y ayudar a las personas que, para ella, son importantes y, a su vez, sobrellevando — como podía — las situaciones, incomodas y estresantes que algunas de estas, que abusaban de su confianza, traían consigo.

“¿A dónde vas?”, pregunté, luego de una risa entrecortada y cautelosa — yo sabía su respuesta, pero esta no me funcionaba, yo necesitaba hablar, quejarme, y allí no era el lugar para eso —.

Vero se rio. Una risa corta, para ella misma, “hm-hm”, luego suspiro, mirando hacia ese lugar. “¿tú qué vas a hacer?”  preguntó, finalmente.

“Supongo que estudiaré” me quejé. Ella no dijo nada. “Me toca escribir mucha mierda y no tengo nada. Nada que decir. No se me ocurre nada”.

“Ugh” se quejó, sin mucha fuerza o pasión en su voz y expresión corporal. Luego, otro silencio. Esperé, “a mí también me toca adelantar trabajos, podríamos ir al edificio de arte y diseño y trabajamos, además quería tratar de no ir a parchar tanto allá, y estoy en detox, así que ughh,” me miró con cara de desesperación, con rabia por el aburrimiento.

“Siiih”, contesté sin ninguna emoción — más como con frustración por la ansiedad de no saber que hacer. — El solo hecho de que no tendría que sufrir sola ya era suficiente para no rendirme — al menos no hacerlo por completo, — “también bajarle a parchar está bien, ese lugar también puede ser muy malviajante,” Vero asintió. Seguí, “y ¿cómo vas con el detox? O sea, no sé cómo haces, en este momento de mi vida yo no podría, la verdad.”

“Aah, no, es horrible, además todos siempre están allá, pegándolo, y a mí me toca mirar, porque qué más hago, mirar.”

“No, sí, pero aprovechas y haces otras cosas, supongo.” No sabía qué decir — de hecho, nunca sé que decir. —              

“Pero no sé qué más hacer.” Dijo, seguido de un gritico agudo o chillido de frustración. “llevo casi dos semanas de detox y estoy aburridísima.”

Apenas llegamos al edificio Vero me preguntó que si la acompañaba a fumarse un cigarro.

“Si, dale, pero ¿dónde?” Dije.

“vamos a la terraza de arte, ¿no?” Hubo un silencio. Asentí. Fuimos.

Ya en la terraza no nos dimos tiempo a sentarnos y ya, Vero, había sacado su cajetilla de cigarrillos. Unos Lucky Alaska. Apenas sacó su cigarro, cerró la cajetilla buscando guardarlos. Sin embargo, antes de que pudiera hacer cualquier cosa, le pedí uno.

“¡Uy! ¿Y eso?” preguntó ella. mientras reabría la cajetilla para que pudiese sacar uno, extrañada por el hecho de que yo, de todo el mundo posible, le hubiese pedido. No le contesté, solo, automáticamente, salió un quejido de mi cuerpo, seguido por un suspiro, seguido por una cara de frustración y rabia y tristeza y ansiedad. Me pasó su encendedor para prender el cigarro y, mientras lo prendía, dijo,    

“Entonces, cuéntame.” Se sentó, cruzando las piernas, “¿cómo estás?”