



Orfeo: representación, pérdida, palabra e imagen
Álvaro Cifuentes
Soy de los que miran atrás. No lo digo con orgullo ni con vergüenza; apenas como quien reconoce una disposición del cuerpo, una costumbre adquirida en los músculos. Hay personas que avanzan por la vida con gracia y rectitud, con dirección: dejan atrás ciudades, amantes, enfermedades, muertos…; y continúan. Yo no. A mí me persigue una pedagogía distinta. Camino unos pasos y volteo. Recorro una calle nueva y en ella veo otra antigua. Beso a alguien en el presente y una boca del pasado se interpone, translúcida, entre las dos. Miro una montaña desde la ventana y no sé si es la de hoy o la de hace tres años. Hay quienes nacen orientados hacia el porvenir; otros quedamos calibrados hacia la pérdida.
En 2024 escribí un poema, lo titulé “autorretrato como orfeo”:
hoy estaba pensando sobre Orfeo y Eurídice —lo que significa amar la belleza y dejarla ir— cuando me encontré una pluma y pensé: «para tu colección.»
un segundo demasiado tarde recordé que ya no soy yo quien colecciona plumas y las deja ante tus pies. Por rescatarla de la calle casi me lanzo hacia mi muerte, pero el conductor desprevenido no entendió lo poético del gesto y frenó antes de darme el fin que me había prometido.
Por voltear a verle un céfiro me arrebató la pluma de entre los dedos y —sintiéndome en la piel de Orfeo, con toda su trágica impotencia— razoné que no la encontraría y decidí dejarla ir.
El mito es conocido. Un hombre desciende al inframundo para recuperar a quien ama. Conmueve a dioses con su canto. Obtiene una condición sencilla y cruel: podrá llevársela de vuelta con la única exigencia de no mirar atrás hasta alcanzar la superficie. Camina. Avanza. Resiste. Y cuando casi lo logra, gira. Eurídice desaparece para siempre.
Se suele leer en ello una lección sobre la impaciencia, la desobediencia o la fragilidad humana. A mí me interesa otra cosa: que el castigo de Orfeo no es amar demasiado, sino necesitar ver. No le basta la promesa, ni la voz, ni el rumor de unos pasos detrás suyo. Necesita confirmar con los ojos la persistencia de lo amado. Exige imagen donde sólo le ha sido concedida fe. Y pierde.
Sospecho que toda experiencia de enfermedad vuelve al sujeto un poco órfico.
La enfermedad, sobre todo cuando se presenta temprano y con violencia, desordena la relación ordinaria entre tiempo, cuerpo e imagen. El tiempo deja de ser una carretera y se convierte en una habitación de hospital: cerrada, aséptica, medida por alarmas y por relojes que avanzan, inclementes. El cuerpo pasa de ser ese sirviente silencioso de la mente, y emerge como problema, espacio, amenaza, síntoma. La imagen también se transforma. Uno empieza a vivir entre pantallas: radiografías, exámenes, cifras, fotografías de “antes”, espejos que devuelven un rostro cada día menos reconocible. Y luego, cuando todo termina —si termina—, sobreviene una tarea más extraña: recordar.
Recordar la enfermedad no consiste en narrarla linealmente. Nadie recuerda una quimioterapia como se recuerda una receta. La memoria de lo padecido no suele regresar en forma de historia sino de aparición. Vuelve una baldosa del hospital. El sabor metálico de la solución salina entrando al organismo. Una ventana, la luz que por ella entra. El beep rítmico del corazón en la madrugada. El mechón de pelo sobre la almohada, o cayéndose a puñados en la ducha. La mano de alguien: un vaso de agua. La sensación precisa del miedo a las 3:17 a.m., ver a la muerte sentada en tu cama. La enfermedad se recuerda por imágenes dispersas, simultáneas, casi pictóricas, que resisten entrar dócilmente en la sintaxis.
La línea del lenguaje y la superficie de la imagen no piensan del mismo modo. El discurso avanza; la imagen aparece. El texto ordena; la imagen irrumpe. El primero exige secuencia, causa, subordinación. La segunda tolera mejor la contradicción, el exceso, la coexistencia de fragmentos. Allí donde la experiencia se presenta rota o múltiple, la linealidad narrativa parece insuficiente. Allí donde la memoria estalla en destellos, la imagen adquiere una potencia singular.
Pero tampoco la imagen salva del todo. Ese es el problema.
Porque toda imagen de lo perdido participa de una ambivalencia cruel: acerca y distancia al mismo tiempo. Ver una fotografía de alguien amado no es poseerlo, sino constatar su ausencia. Lo mismo ocurre con ciertos recuerdos. Cuanto más nítidos son, más revelan que pertenecen a otro tiempo. La imagen ofrece proximidad sensible y confirma lejanía ontológica. Nos deja tocar sin tocar.
La escritura amorosa, la escritura del duelo y buena parte de la escritura de enfermedad se sitúan precisamente en ese umbral. Narran para recuperar, pero en el acto mismo de narrar exhiben que nada vuelve. Hacen visible una pérdida sin abolirla. Son, si se quiere, prácticas órficas: descienden al pasado en busca de una forma y regresan con estelas, after-images de su sombra.
Hay una novela que aún no he escrito. Pienso en ciertas noches de Bogotá, cuando la luz blanca de Monserrate —o de la luna; nunca logré distinguirlas del todo— entraba por la ventana de mi apartaestudio y caía sobre la cama. Pienso en un muchacho recostado a mi lado mientras sonaba una canción cuya letra prometía permanecer ahí, para siempre. Pienso en la manera en que algunos instantes, al vivirse, parecen ya estar despidiéndose. En ese entonces yo no lo sabía, pero incluso la felicidad tiene algo de imagen retrospectiva: se reconoce plenamente sólo cuando empieza a perderse.
Quizás por eso soy así.
A los dieciséis años me dijeron que podía morir. La frase exacta importa poco; lo esencial es que desde entonces el futuro adquirió un borde visible. No sé si la enfermedad me volvió romántico o simplemente me privó del lujo de la lentitud. Hay personas a quienes la juventud les enseña prudencia; a otras nos enseña urgencia. Desde entonces no sé querer despacio. Vivo con la intensidad un poco ridícula de quien sospecha que el reloj no está de su lado. Cada encuentro parece inaugural y terminal al mismo tiempo. Cada gesto tierno carga la amenaza de su desaparición.
Ese modo de vivir produce también un modo de recordar y, asimismo, imaginar. Las memorias son destellos. Una estación de TransMilenio en la 45. Un tapabocas ocultando una sonrisa cuyos bordes, sin embargo, delataban alegría. Un ático imposible: el tercer piso de una casa de dos plantas. El pavimento agrietado de una calle de Palermo, por culpa de las raíces irrumpiendo en el concreto. Rodillas temblando en un bus casi vacío. Una canción, dos pétalos de agapanto, la penumbra al salir del cine…
Todo lo que he perdido vuelve así: como imagen.
La pregunta de este ensayo nace allí. Si la enfermedad altera nuestra relación con el tiempo y si la pérdida retorna desordenadamente, ¿qué puede hacer la escritura? ¿Es la palabra mera línea impotente ante la simultaneidad del recuerdo? ¿O puede, en su propio fracaso, producir imágenes nuevas que hospeden aquello que no logra decir? ¿Ocurre igual con la pintura? He hallado que la creación posterior a la enfermedad adopta con frecuencia una estructura órfica: mira atrás para rescatar lo vivido, pero en ese mismo gesto descubre que sólo puede traer al presente apariciones parciales, figuras neblinosas, superficies cargadas de ausencia. No devuelve a Eurídice. Inventa su contorno.
Es posible que todo arte hecho sobre la pérdida nazca de esa derrota. Y que algunas de sus manifestaciones más bellas deban su belleza precisamente a no confundir sombra con cuerpo, recuerdo con retorno, imagen con salvación. A entender que la poesía está en el viaje, en el descenso.
Nacer es el destino del que se portó mal en la pecera
Sef y Sofía Leyva
Cada día camino más que el anterior. Cada día se me tuerce más la espalda y los dedos. Cada día soy más y más ignorada en los pasillos del lugar que me obligan a llamar “hogar”. Nunca me había sentido más huérfana, más ambulante, y aun así decido encerrarme, pero ¿por qué?
A la gente se le olvida lo duro que puede ser humano. Soy gente y aún más olvidadiza. Como un pescado. Como un pez. Un pez dorado metido en una cúpula de vidrio en medio de una sala donde todos se corretean y hablan y todo es mentira, porque todos fuimos tristes y ahora venimos a ser felices juntos en un juego que se termina de una forma fría, cruel y con una ida al peluquero.
Hay un cáctus a mi lado. Me tiene muchísima envidia y por eso es cáctus y yo me muevo.
Cuando salí del peluquero les rogué a los viejos que me dejaran ir a la casa de unos amigos para cometer delitos tales como meternos sustancias nocivas (dulces con colorante azul) y participar en actos lujuriosos en grupo (ver Evangelion de forma correcta: del capítulo 1 al 24, ver la película “The End of Evangelion” hasta el minuto 1:18:30, ver el capítulo 25 y 26 y luego terminar la película), todo mientras suena Twenty One Pilots de fondo.
Abrazaré gente, bailaré con gente, cocinaremos todos, haré berrinche, lloverá, volveremos a bailar, gritaremos en la calle, escaparemos de la policía, saltaré de un segundo piso e ignoraremos la cronología de todos los eventos anteriormente mencionados.
Fui más libre con esos “amigos” perdidos por el tiempo que en la universidad. Toda esa emoción, toda esa espontaneidad y amistad, aún así lo que más di por sentado fue ese respeto por mi instinto creativo por el que ahora ruego como una fracasada. Buenos días, mi estimada facultad que tanto quiero: me quitaron todas las ganas de crear y ahora lloro por una vida que nunca me fue conveniente.
Mientras más me doy tiempo para pensar, más me deprimo (clínicamente), y el señor doctor solo sabe decirme que intente no pensar en el resto de la gente.
¿Es posible no pensar en el resto de la gente? ¿ Aún si mi futuro depende de eso? ¿Me castigan por ser insegura? ¿Era necesario eso último? ¿Me hago sentir como si fuera poco, como esas niñas que me molestaban en el colegio?
“Cuando madures dejarás de dibujar muñequitos y empezarás a dibujar cosas que sí valgan la pena”.
Eso fue antes.
“¿Cuál fue tu tesis? Ah, sí, la de Sonic…”.
Y eso es ahora.
No hay insultos, solo miradas de reojo sin mucho más que decir. Pero yo las veo y sé qué piensan de mí.
¿Somos técnica? ¿Somos mensaje? ¿Somos parla? ¿Somos excusa? ¿Somos colegas? ¿Somos amigos? ¿Somos artistas?
¿O somos, finalmente, solo un asco?
Se metieron en mi cabeza, me despojaron de todo aquello que me hacía “yo” y ahora carezco de todo.
Salí de una pecera para entrar en otra, y en otra, y en otra, y en otra, y ahora esta, donde mi odio se dispara hacia una entidad más insoportable y más sólida que unos cuatro niños diciéndome loca, inmadura y gay. (¿Qué tenía que ver?)
Recuerdo la vida como algo que me hace ser yo. Recuerdo esos juegos de rol donde yo era un pez dorado y recuerdo los dulces y el anime. Recuerdo todo eso que ahora planeo olvidar con la meta de volverme algo que “sí valga la pena”. Recuerdo que me dijeron, aunque en el presente, que ahora soy diferente, más madura, más hábil, que no necesito el pasado. Aún cuando el pasado es todo lo que me queda de un mundo donde dibujar era algo que podía hacer y no algo por lo que DEBO competir.
Años después miraré al techo mientras un “¡BONG!” suena justo debajo mío y el piso tiembla. ¿Qué hice mal? Todo, al parecer.
Un estado de nostalgia incontrolable me devuelve a momentos donde incluso negué mi nombre con otro diferente al que uso ahora para negar nuevamente mi nombre original. Hablaba de forma extraña, me comportaba como una demente y aun así siento que dotaba de más talento del que tengo ahora o tendré jamás. ¿Es acaso eso verdad?
Luchar, ganar, disfrutar, terminar, volver, empezar, perder, perder, perder, perder, ganar, perder, perder, perder, callar.
Es como volver al paraíso. Gracias Dios por tanto y perdón por no hacerte un retrato. No tenías que agradecerme tanto.
Un cuento.
EL AGUACATERO
S. S Gómez
Las cosas se movían lentamente sobre el agua. El olor del cloro se mezclaba con la humedad y, mientras una pelota de plástico chocaba contra los muros, las palmas empezaban a aletear ruidosamente. Yo estaba en silencio mirando el viento, el cielo que cada vez se volvía más gris, con esas nubes que se iban juntando sin apuro, como si supieran que nadie las iba a detener. Por eso no hay nadie afuera, pensé. Siento las primeras gotas, delgadas, ligeras. Me gusta estar afuera cuando llueve, me dije. Por eso me quedo esperando. Espero en las sillas cuando todos nadan, espero la lluvia cuando el cielo está gris, espero que alguien salga y me grite que entre, que está lloviendo, que me voy a enfermar. En esa casa siempre había alguien listo para decirte que lo que estabas haciendo te iba a hacer daño. Un día mi abuela llegó con una pepa de aguacate envuelta en una servilleta. La había guardado de las onces de esa misma tarde. Se paró en la orilla de la piscina, al lado del potrero, y me hizo una seña con la mano para que fuera. Cavamos un hueco con las dos manos y la enterramos. Me dijo que si la cuidaba iba a crecer muy grande, que tener matas en la casa era como tener un hermanito. Yo pensaba en los aguacates verdes, suaves, amarillos y lisos rodando sobre el pasto. Pensaba en bajarlos yo solo, sin pedirle ayuda a nadie. Una vez le conté a mi mamá y se rió. Dijo que para eso faltaba mucho. Pero igual siguió siendo mío. Todas las mañanas salía a verlo antes del colegio. En las tardes llegaba a saludarlo, tocando la tierra suave, tibia y húmeda que lo cubría. El tallo creció despacio. Casi estaba más alto que yo cuando empezó a llover, y yo supe, en ese mismo momento en que cayó la primera gota, que algo iba a salir mal. Llovió tres días. Tan fuerte que no se oían las ollas ni el ventilador. Teníamos que gritar para hablar. El primer día me asomé a la ventana cada hora. El segundo día lo busqué entre la lluvia. Estaba ahí. Todavía estaba ahí. Le grité que iba a ir pronto, que me esperara. Le rogué a mi mamá que me dejara salir. Me dijo que no. Le volví a rogar. Me dijo que no. Me metí a la cama y apreté la cara contra la almohada hasta que dejé de oír la lluvia. Ojalá pudiera tenerlo aquí, pensé. Darle sol. Darle descanso. Hablarle. Abrazarlo. Si llega a pasar algo es culpa mía. Si llega a pasar algo es culpa mía. Sabía que cuando parara de llover algo iba a estar distinto. En esa casa siempre pasaba eso. Al tercer día amaneció en silencio. Mi mamá abrió la puerta y yo no quise salir. Me quedé parado en el umbral mirando la esquina desde lejos. Después fui. Volteé. La esquina estaba vacía. Fui hasta la piscina. Nada. Detrás de la cerca. Nada. Busqué dentro de las materas una por una, metiendo la mano hasta el fondo, pensando que tal vez se había escondido, que tal vez lo había movido alguien, que tal vez. La tierra estaba fría y no había nada adentro. Mi abuela dijo que el viento se lo había llevado. Le pregunté para dónde. Ella empezó a doblar el mantel. Nadie sabía. Pregunté si había sido mi culpa. Mi mamá dijo que no. Esa misma tarde vi una pala apoyada contra la pared del lavadero. No estaba ahí antes. Esa noche los oí en la cocina. Mi abuela preguntaba qué iban a hacer con eso. Mi mamá respondió en voz baja: —Ya lo arreglé. Eché tierra. No va a preguntar más. Al día siguiente fui a mirar. La tierra estaba removida, más alta que antes. Olía distinto. Mi mamá me dijo que dejara de preguntar. Que me iba a enfermar de tanto pensar. Ahora sigo yendo a la casa. Me siento donde estaba el aguacatero y espero a que llueva. Todos los que sabían ya se murieron.