Gonzalez #630

Un limbo

Pasan muchas cosas.
Pasan los días y no tengo nada que contar. ¿Por qué tenía cosas que contar antes?
Creo que hablar hacía que los días fueran interesantes.
No son días aburridos, la paso bien, pasa de todo, pero no hay nada por contar. Todo lo que pasa pasa y rueda y sigue y nada resalta. Todo es una pausa.
Todo es una pausa infinita.
Una pausa.
Una pausa.
Una pausa.

No descanso, solo sigo, solo espero, solo veo pasar. Veo pausar. Hago cosas, pero no las cosas que quiero. Veo pausar.
Es raro estar en este limbo de tiempo, tiempo que amaría haber tenido antes, y sentir que tampoco lo puedo aprovechar. Todo está a la espera, y no empiezo porque luego empieza otra cosa y queda todo en medio.
Un
Limbo.
Mil limbos.

Se alternan los tiempos uno tras otro, superponiéndose y moviéndose. Quedándose suspendidos.
Pasa mucho y no pasa nada.

Quiero contar cosas, porque tengo la costumbre de hacerlo, pero creo que ya la estoy perdiendo. Perdí la costumbre y ya no encuentro qué cosas contaba.
Contar historias desde puntos aburridos. Cada cosa gana su brillo al compartirla.
Veo las letras pasar, y mi impulso frenar, y veo y veo y veo y espero y no sé a dónde espero a estar.
Pronto se moverá todo, pero no sé si de ese movimiento aún sienta que no tengo nada que contar.

-Naethe

Fracasada
Jade

Sin nombre soy invisible. Así como ese hombre invisible de Ralph Ellison, soy materia: carne, vísceras, hueso y sangre. Pero más allá de eso no soy persona, no soy yo, no soy nadie. Como autómata, carezco de humanidad; paso desapercibida. Nadie me ve ni tiene razones para hacerlo. ¿Por qué perder su tiempo mirando mi invisibilidad? Que para observarla primero tendrían que ser capaces de observarme a mí. Podría llamarme fracasada, porque no soy menos que eso; porque mi invisibilidad no es más que mi fracaso en su manifestación más pura. No tengo un cuerpo que haya sido visto, un rostro familiar, querido, ni mucho menos una voz para ser escuchada. Sola, vivo en mi ausencia. Pues yo sí estoy muerta en vida, incapaz de verme a mí misma. No soy más que reacciones corporales, mis órganos en un espeso movimiento que solo me da náuseas. Quiero vomitarme. Purgarme de mí.

Debería hablarse más seguido del fracaso. Debería reconocerse; ser visto. No relegar a estos personajes, fracasados en sus propias vidas, a la invisibilidad. Que más allá de ser masas de carne, pudriéndose hasta un lento fin del movimiento, puedan encontrarse, verse y sentirse en el intermedio que divide a la nada en dos. Actores y actrices marginados que, por más que griten, escupan, rasguñen, se desgarren la piel y se desangren frente al mundo por su atención y cuidado, siguen sin entrar en campo de visión; que no llegan ni al papel de personajes terciarios de nada ni de nadie. Personajes como yo. Un fracaso en todos los sentidos. En todo sentido importante, al menos. Que no se encuentran por más disfraces que se pongan, por más máscaras o maquillaje o ropa o nombres. Somos invisibles por más tangibles que seamos. Por más cuerpo que sea nuestro cuerpo, los ojos del otro nos condenaron al olvido y al despojo. Carroña contra carroña

Entiendo que puede ser un poco forzado usar la excusa de los pobres personajes fracasados para hablar de mi tan aquejada vida, repleta por el vacío de mi propia invisibilidad —bueno… de pronto bastante forzado, y entiendo si deciden mofarse de mi patético acto de lástima por mí misma— pero ¿me importa realmente que me puedan percibir como una egocéntrica, narcisista, psicópata megalómana, por hacer esta historia sobre mí? La verdad es que sí, un poco. Pero —y este es un enorme pero— al final, contarme: contar mi vida y mi verdad, no es menos que mi batalla contra aquellos que se hacen llamar notables, importantes, relevantes, destacados, sobresalientes. Aquellas personas visibles. Es mi último grito, algo desalentado y afónico, por verme y que me vean: así sea un mínimo reflejo de mi fracaso e invisibilidad. Es mi luz hacia ser y sentirme forma, de poder percibirme más allá de esa nada impulsada por mi baja autoestima; por mi ansiedad, social y generalizada; por esa pulsión en mi cerebro que, como un parásito usa su constante palpito para repetirme, una y otra vez, que la personas no toleran mi existencia, que me desprecian, les doy asco y me odian. Una última luz para ser, más allá de todas las cosas en mí que me recuerdan que merezco ser llamada fracasada.

Mi condición de mujer invisible, sin embargo, no tiene una única naturaleza de propiedades emocionales. El núcleo del padecimiento no está concentrado en un sentimentalismo melodramático, al menos no en su totalidad. Mi condición me precede. Yo solo tuve la desgraciada fortuna de caer enredada en sus raíces. Raíces de las que no podía escapar por más que lo quisiera e intentara. Es importante, entonces, hacer una que otra confesión, para que así mi historia sea más comprensible. Además, este resulta ser el método más apropiado para poder liberarme, para escapar de ese vacío que es existir sintiendo que soy una desconocida de todo el mundo. Yo no soy ninguna narradora sin nombre, ni me haré llamar fracasada: mi nombre es Luna, mañana probablemente lo siga siendo y dentro de un mes igual, sin embargo, hace uno o dos años no era Luna, mi nombre era otro que no diré, porque entonces hablaría del yo que ya no es yo. Soy una mujer, pero a ojos de los observadores no lo soy, no soy nada. Al momento de escribir esto tengo 22 años de estar aquí, pero no sabría decir si de existir o de vivir. A día de hoy, yo, Luna, aún no existo para nadie en el mundo de lo visible y, tal vez para muchos, nunca lo haga.

No les culpo, pues yo soy la primera en saberme invisible. No sé reconocer mi existencia. Cuando busco mirar mi forma, cuando me escucho, cuando me siento, cuando intento percibirme, no me encuentro. A Luna. Hay un hombre de cuerpo y rasgos y voz masculina.

Hay una persona que no soy yo.
No corrijo a nadie, si me dicen señor o chico o bro. Yo entiendo que esa es la persona que ven. La forma-fachada de la yo sin forma. Yo también lo veo —odio hacerlo, pero eso es lo que veo.—

Apenas llegué a los Andes, conocí a Ana, otra enferma afligida por su condición de invisible. Juntas, entonces, nos acompañamos en el proceso de navegar la realidad bajo nuestra circunstancia. Ella, pese a todo, estaba menos inclinada al fracaso, pero su inocente optimismo, por más bello que pareciera, entorpecía mis movimientos cómodos dentro de mi ignorante invisibilidad de aquel momento. Su solución no era más que una fantasía, una cura tan milagrosa como engañosa: hazte ver, hazte notar. ¿Cómo? Si es que lo puedo saber…

Recuerdo estar en esa tiendita ambulante con ella, uno de los primeros días en la universidad.

“Holaa, buenaas.” dije, casi en un murmullo entre dientes. Dos personas atendían la tienda —una señora y su esposo, supuse— ninguno desvió su atención hacia mí. No me vieron, ni mucho menos me oyeron. Yo no tuve intención de volver a llamar su atención, de rogar por ser percibida.

“Buenas tardes” dijo entonces Ana, con una seriedad y potencia en su voz como de una catedrática dando el curso de sus sueños. Parecía poseída.

“Buenas taaardes, mona, ¿Qué se le ofrece?”

“Me regalaría un Marlboro morado.”

“Claaaaro”, contestó casi inmediatamente la mujer que la atendía, mientras que él hombre finalmente llevó su atención hacia mí,

“¿Y a usted que se le ofrece, mono?”

“Uy, pues un Vive 100 si tienes, porfa”, dije sin exclamar ni un mínimo gruñido de protesta. Sin hacer mucho ruido, tampoco. Empezó a esculcar en su neverita,

“Tenemos del verde, del azul yyyyy… creo que también tenemos sin azúcar”, y enseguida preguntó, “¿algo más monito?”

“Emmmmm, no séeeee” volví a decir entre dientes, como para adentro, “… ¿tienes Chocoramo? y pues, si tienes del Vive 100 sin azúcar, pues de ese.” Me pasó un Chocoramo del carro de madera que componía su tienda. Y tras buscar el energizante entre su neverita por unos segundos, le dijo a la señora que en el momento seguía atendiendo a Ana, “Rosa ¿Me puedes buscar un Vive 100 sin azúcar allá?” señaló otro carrito-nevera al pie de la señora, “para el chico acá”

“La chica”, dijo Ana, con una pasión cercana a su buenas tardes de hacía medio minuto, pero, esta vez, con una intensidad tan directa de sus entrañas que me dejó conmovida y extrañada. Su voz exhaló un calor forastero que me abrazó entre el placer y la incomodidad de poder ser vista. Lo corrigió, pensaba.

El hombre se disculpó, apenadísimo.

Un año después, para él volví a ser ese chico que vio. No me extrañaría que, realmente, en menos de una semana desde el suceso haya vuelto a no existir a sus ojos, la verdad. Para él no debería hacerlo.

Así recuerdo que mi existencia es una
ilusión.

Así, los consejos de no callarme; de incomodar si hay que incomodar a alguien; de corregir; de pelear, si hay que hacerlo, no hacen sino caer fríos como cadáveres en mis oídos cansados de oír; en mi cuerpo cansado de hacer y de ser y de intentar. No me sale corregir ni incomodar, no por ser una retraída, incapaz de decir media palabra, ni por un profundo miedo de hacerlo —que claro que son factores— pero es ese golpe de realidad, que transporta el dolor en mi mente hasta mi carne en una fría descarga que quema cada centímetro de mí, dejándome agonizante, deseosa de terminar de desecharme. Me recuerda que no existo. No meto en saco roto este consejo, sin embargo. Solo no es para mí, no en mi condición. Yo reconozco mi posición relegada en mi existencia. Solo existo para mí y para otras personas invisibles, tal vez. No soy ninguna mujer empoderada ni liberada. No soy ni seré referente de lucha por las diversidades. Mi mayor transgresión es mi plena existencia —o la de mi pene, más bien.— De resto solo soy una fracasada.

De pronto mi paz está en reconocerme y aceptarme invisible. Pero de momento, antes de sucumbir al fracaso, quiero dar mi último golpe con esta batalla.