


A propósito de “El banquete de las bestias”
Álvaro Cifuentes (@acifismo)
« he parido a un monstruo al quedarme callada… »
Primero que todo, las excusas necesarias: estoy a punto de hablar muy bien de la obra de una artista que coincidencialmente es de mis mejores amigas. Con la mano en el corazón, puedo decir que si la elogio no es solamente porque es mi amiga, sino porque su obra me parece extraordinaria.
Ayer me pasé por la muestra de cierre de la 5ta edición de Residencias R.A.R.O.
(@rarobogota).
Había 14 artistas exponiendo en una de esas casas-decrépitas-vueltas-espacio-de-exhibición. Por el fondo del pasillo principal salí al patio y me encontré con Sandra Lesmes, quien recién estuvo por los alrededores de este departamento. Vestía una camisa de botones, blanca. Limpia, pura, estéril. Estaba en una pequeña alcoba trasera que había convertido en relicario o altar o cocina al aire libre. Detrás suyo había ramos de flores de todos los colores, velas rojas —como la pasión y la ira y la sangre fresca—, una reproducción impresa de Judith decapitando a Holofernes de Artemisia Gentileschi, y un corto texto que leí y releí y releí. Les dejo un pedazo:
“ La rabia que me da verte y encontrarte por todos lados como si nada, querido monstruo, querido por otros, no por mí. El Minotauro es la consecuencia del encuentro carnal entre la diosa Pasífae y el toro de Creta, dos víctimas de los dioses… ”
“ …La relación bestial es imposible si no hay abuso —un abuso doble— porque el toro no sabe que está montando a una diosa y la diosa no entiende que su deseo no le pertenece. ”
Pasífae es una bruja de la mitología griega, esposa del rey Minos, madre del Minotauro. Engañada por los dioses, se disfraza de vaca y es montada por el toro. En algunas versiones el toro es Zeus. En otras, es Poseidón. En cualquier caso, es un engaño, y la deja a ella de villana. Su historia reside en el nudo de un cruel juego de relaciones de poder. Dioses, monstruos, mujeres y hombres. Víctimas, victimarios. Es todo una misma sopa.
Saludé a Sandra, aunque en realidad vi a Pasífae, quien con cálida sonrisa me ofreció tomar de un caldo.
—¿Comer o ser devorado?— preguntó.
—Comer— dije, —siempre, sin duda.
Bebimos del caldo y comimos su carne, yo y muchos otros que atendimos la pregunta.
Al rato, Pasífae se había movido a una mesa al otro lado del patio, y comenzó a cantar, como las musas griegas: Mis manos llenas de sangre, he parido a un monstruo al quedarme callada…
Desenvolvió con cariño la cabeza de una vaca (quizás la misma del caldo), le dio un abrazo y continuó su oración, afilando un cuchillo.
Allí estuve —¡casi seis horas!— viendo a esta diosa cortar, raspar y limpiar el cráneo de la vaca. Mientras lo hacía, meditativa y gutural, recitaba esas frases que yo y muchxs otrxs hemos oído:
Él me dijo que eso no pasó, y yo le creo.
Sabes lo peligroso que es acusarlo de algo así?
Él a mí nunca me ha hecho nada, no creo que sea un monstruo.
Lloré, lo admito.
Sentí el asco y la rabia y la impotencia de mi experiencia y otras. Las viví en mi carne.
Quise abalanzarme sobre la mesa y ayudar con mis manos, uñas y dientes a dejar limpio el cráneo, la culpa de Pasífae. Quise arrancarle los ojos con mis propios dedos ensangrentados.
Seis horas, la acompañé, hasta que estuvo limpia la cabeza.
(Gracias, Sandra.)