González #625

Naethe DM

Va cayendo lluvia verde.
Y musgo,
Y caos.
Se deslizan por la pared, horizontalmente como se derraman las gotas de lluvia en la ventana de un carro, o de un avión cuando va muy rápido.

Van fluyendo esas horas, cargadas y viscosas, una a una y todas al mismo tiempo.

Yo las veo deslizarse con los ojos cerrados, sabiendo que cuando los abra ahí estarán, sabiendo que cuando los abra todo estará negro.

Crece el musgo y crecen las lluvias. Con un aire cargado de humedad en el que cada milímetro se oye mover. Y se mueven las formas en la pared antes de caer verticalmente de golpe. Una cascada de color, de matices de bosque. Golpe. Ya no hay suavidad en el movimiento sino una seguidilla de líneas incandescentes, una lluvia tropical contenida entre dos planos de medio centímetro de ancho. Del ancho de mis párpados.

No sé si fui yo que me convencí de que mis ojos contenían todo el verde de la tierra o si fue el abrirlos y seguirlo sintiendo que me hizo pensarlo. Tal vez fue la sugerencia del borracho de la calle 53, que viéndome adormilada entregó su tono de absenta y lo sumó al coro de tonalidades que llevo cargando desde hace años.
Ya no sé ver en otros colores, ni distinguir entre unos y otros, todo se ha vuelto un bosque, un musgo, un barro verdáceo y terroso.
Pero siguen las líneas corriendo mientras yo corro, o me arrullo y me agarro las piernas, la cabeza. Vuelta un ovillo en la cama, reposando de lado, tratando de sacar los hilos de mi cabeza. Mi cabeza que da vueltas y se amarra con sus lianas adosadas. Las lianas salen de mi cráneo mientras me voy enterrando poco a poco, volviéndome parte de un suelo, de un sueño. Un dosel de hojas que se vuelve mi cama de tierra y sudor.
Hace frío pero es pacífico, tengo matas a mi alrededor y yo también hago parte de ellas.
Las raíces pasan ya por encima de mis miembros y mi cuerpo a la sombra de la ceiba descansa adornado de líquenes despiertos.

Creo que aquí me puedo quedar. Soñando, durmiendo, pudriéndome o regenerando vida. Surgiendo de mi lecho como tallos nuevos, antes de volver a comenzar con la lluvia horizontal, los trazos verdes, la cascada monumental.

Un tamagotchi en esencia

Sef y Sofía Leyva

Debería apresurarme. Porque la vida se va acabando y yo le persigo. No alcanzo y no atrapo nada. Cansa ver hacia el frente y notar la diferencia entre cada personaje que camina y alcanza y persigue y se cae y se levanta. Cansa tratar de entender lo que no existe para ser entendido, lo que solo se percibe de a ratos, causa de un pequeño error que comete el universo.

Mis bocetos parecen escupitajos, como lo que la máquina produce. Ya no sé quién copia a quién. Tampoco sé a dónde van o si van a alguna parte o si son reales, o un tamagotchi en esencia.

No sé moverme entre una imagen irrepetible y un patrón consumista, solo veo lo que quieren que vea a fin de cuentas. Un collage involuntario nunca pareció significar mucho hasta que la máquina empezó a repetir y repetirse. Eso lo hago cada vez que duermo.

Entristece pensar así, me apago frente al cristal y pasan horas enfriando el cráneo. Hay un mundo prohibido, limitado por lo que se encuentra en silencio. El silencio más ruidoso del mundo sonoro. No es un grito alargado o un pitido constante. Abruma sin materia, sin concepto ni hipótesis. Parece imagen pero no podría estar más lejos de serlo. Frecuencias más allá del ruido blanco, o de ese ruido que suena a nubes y algodón y tiene un ligero sabor a chocolate. No se podría estar más lejos de una idea, ni de imaginar ni de copiar ni de compararse, ya sea con un humano vecino o una máquina malvenida. La falta de autor asusta; el autor se asusta al no ser partícipe porque es otro escupitajo. Soy otro escupitajo, deletreando palabras que alguna vez escuché y/o leí. Significan lo mismo, juntas o separadas da igual, las repito cientos de veces y aún así siempre llego a lo mismo: el miedo. Nada más humano que sentir miedo y gritar. “No soy máquina.” Me lo repito porque a veces dudo.